martes, 30 de agosto de 2016

La culpa es siempre de Occidente






Os pongo en antecedentes. Antonio Maestre contaba en Twitter una historia (real o alegórica) sobre una chica musulmana a la que prohibían usar velo en un centro de enseñanza. Esta chica les trataba de explicar que si no le permitían usar el velo su padre le impediría seguir asistiendo a clases y, mucho peor, la enviaría a su Marruecos natal donde sería casada en contra de su voluntad. Es decir, la susodicha no se quejaba de la prohibición del velo en sí, sino de las nefastas consecuencias que ésta le acarrearía en su entorno cercano. 

Maestre se explicó arguyendo que no se posicionaba a favor del velo, e incluso me admitió que existía una evidente coacción por parte del entorno de la niña (su padre, en este caso que nos ocupa) para que lo llevase. No obstante lo calificó como “prenda emancipadora” y la única esperanza que tenía de ser una mujer libre en el futuro, y que las autoritarias instituciones españolas se lo estaban cortando por sus “irracionales imposiciones”. 

Imaginemos la situación en un escenario diferente. Un hombre no permite a su mujer que lleve faldas por encima de la rodilla. De hacerlo, le obligará a que abandone el trabajo y se quede en casa. La mujer debe decidir entonces entre llevar faldas largas o pantalones o dejar de trabajar en contra de su voluntad. La mujer opta por llevar la ropa que le impone su marido porque quiere seguir trabajando, sin embargo, en su trabajo debe llevar un uniforme que consiste en una falda por encima de la rodilla. A ella no le importa llevar esa prenda, pero si lo hace teme las consecuencias en su casa. ¿Cómo opinaría una persona razonable ante este supuesto? 

Evidentemente estaríamos ante un caso de malos tratos en los que un hombre machista y posesivo coacciona a su mujer. Pero en el supuesto de Antonio Maestre la coacción del entorno de la chica pasa a un segundo plano y se traslada la responsabilidad a las autoridades, a las que pinta como insensibles ante el futuro de la muchacha, sólo preocupados por imponer la prohibición del velo sin importarles las consecuencias. 

Llegado a este punto, ¿qué habría hecho yo? En primer lugar, reconocer a la chica como víctima de una coacción grave por parte de su padre (cosa que el propio Maestre admite). Hacerle saber al padre que el matrimonio forzado es un delito grave, tipificado en nuestro código penal –el del país en el que vive y que está obligado a respetar y obedecer por encima de sus opiniones religiosas o culturales-, y que amenazar con ello a otra persona –sea su hija o cualquier otra- es perfectamente punible. Dicho esto, si el padre decidiera enviar a su hija a Marruecos y casarla contra su voluntad, debería ser enviado a prisión– yo apoyaría la retirada inmediata de la nacionalidad española, de tenerla, y valoraría su deportación si persistiera en su actitud-. Y si prohibiera a su hija a asistir a clase, más de lo mismo. 

Es decir, tenemos el caso de un padre que impone su voluntad hasta el punto de enviar a su hija a Marruecos y entregarla a un matrimonio forzado si no la obedece. Un hombre que no entiende que no puede obligar a nadie –ese nadie incluye a su propia descendencia- por razones de fe o de cualquier otra índole –creo que aquí estaría justificado el llamarlo fanático-. Pero la culpa es de las instituciones. ¿Qué deberíamos hacer, según Maestre? ¿Plegarnos ante las demandas de un fanático religioso que amenaza a su hija con la deportación y el matrimonio forzado? ¿Aceptar las condiciones del chantajista? ¿O protegemos a la niña, incluso alejándola del padre si es necesario? 

Juzguen ustedes mismos. Valoren lo que han leído y opinen sobre las prioridades de esa izquierda buenista, políticamente correcta, tolerante con la intolerancia -o, como poco, indolente-, que tiene como enemigo las instituciones de su país incluso por encima de maltratadores, chantajistas y fanáticos. La culpa siempre de Europa, de nuestros valores, de nuestra cultura.





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