viernes, 29 de julio de 2016

La responsabilidad de la mujer




Niño Soldado en el Congo





Capítulo 7: La responsabilidad de la mujer






Como hemos visto en el anterior capítulo, existe una voluntad mediática –dirigida por instituciones públicas- para presentar a los homicidas varones como asesinos siempre lúcidos y a las homicidas mujeres como enfermas mentales incapaces de responder por sus actos –y eso cuando se informa, que no siempre es el caso-. Pero esta tendenciosa política de mostrar la información no sólo se da en la violencia en el ámbito doméstico, sino en la violencia en general. El hombre es presentado siempre como el sujeto activo de la violencia, el emisor. La mujer, por el contrario, siempre representa -para los medios- un papel pasivo, receptor de la violencia. 

Un vergonzoso y sexista artículo de José Ignacio Torreblanca en El País seguía y apuntalaba esta maniquea tendencia de criminalizar al varón y excluir a la mujer de toda violencia. Su título era elocuente; El varón, arma de destrucción masiva. En este artículo lanza una implacable andanada de afirmaciones misándricas tales como podemos prohibir las bombas, pero detrás siempre hay un hombre o los varones son el mayor arma de destrucción masiva que ha visto la historia de la humanidad, y hay unos 3.500 millones de ellos por ahí sueltos. El grado de deshumanización del lamentable texto es inadmisible. Para José Ignacio Torreblanca, el varón ni siquiera merece la consideración de ser humano, sino de arma, y además están “por ahí sueltos”

Para probar que lo que dice es cierto, pone el ejemplo clásico de la guerra. La guerra es históricamente masculina. Casi todos los combatientes son varones –también lo son las víctimas, tanto militares como civiles, de la inmensa mayoría de los conflictos, pero ese detalle consideró obviarlo en su sexista artículo-. También parece obviar que la mayoría de quienes han luchado, muerto y matado, en todas las guerras lo ha hecho sin haber tenido elección alguna sobre su fatal destino. Ya sea mediante levas forzosas o presiones sociales, al hombre se le ha empujado sistemáticamente a la guerra, lo que hace que el dedo acusador de Torreblanca –y de todos los que acuden a este manido argumento- sea aún más reprobable, pues acusan de violentos a quienes han sido obligados a ejercer violencia. 

No creo necesario detenerme en el reclutamiento forzoso de hombres para la guerra, hecho bien conocido por todos. Podríamos mencionar, por poner un ejemplo, que durante el Imperio Romano el servicio militar afectaba a todos los varones de entre 17 y 60 años -lo cual, teniendo en cuenta la esperanza de vida de entonces, era como decir que tu compromiso con el ejército era de por vida-. Podríamos mencionar también los reclutamientos forzosos de hombres y niños varones en Colombia o el Congo, en la actualidad, o el servicio militar obligatorio que sigue vigente en más de treinta países, incluyendo naciones prósperas del Primer Mundo como Alemania, Dinamarca o Corea del Sur –donde existen severas penas de cárcel para los desertores-. Aunque hay otras formas más sutiles de asegurar que el hombre vaya a la guerra, y que involucra directamente a la mujer. 

Señalar la responsabilidad de la mujer en la guerra no debería ser considerado machista. De hecho, lo verdaderamente machista sería seguir negando la influencia femenina en la guerra, y continuar presentándola como un sujeto pasivo “a la que le pasan cosas” sin tener ellas ninguna responsabilidad. De hecho, el papel de la mujer como instigadora es un hecho ampliamente estudiado por el profesor Goldstein en su libro War and gender. En él recoge algunas de las estrategias sociales usadas por mujeres de todo el mundo, de todas las culturas y de todas las épocas, para azuzar a los hombres a la guerra. 

En la tribu amerindia de los apaches, las mujeres recibían a los guerreros triunfantes con canciones y agasajos, pero cuando éstos guerreros venían con la cabeza gacha después de una derrota, sufrían los insultos y la mofa de sus mujeres, y éstas se alejaban de ellos fingiendo indiferencia. Al otro lado del océano, en Sudáfrica, las mujeres zulúes de quienes se negaban a ir a la guerra se desnudaban en público como acto de humillación a sus esposos. En Kenia, las mujeres kikuyu gritaban a quienes no habían participado en la Rebelión Mau Mau diciendo “¡tomen mis vestidos y denme sus pantalones!”. Antes de que podamos pensar que este tipo de actitudes son propias de culturas primitivas y no se dan en países occidentales veremos que también se dan en lugares como Chile, Estados Unidos o nuestro propio país. 

En España, durante la Guerra Civil –o quizás en su preludio- hubo movilizaciones femeninas que eran verdaderas medidas de presión para forzar la participación de los hombres en la guerra que comenzaba. Mujeres que portaban grandes carteles que rezaban “preferimos ser viudas de héroes que esposa de cobardes”. Por supuesto, no ir a la guerra suponía ganarte la consideración de cobarde por las mujeres de tu entorno, pero quienes azuzaban a sus hombres, claro está, no iban al frente a matar y morir. La inclinación a pensar que esa instigación de los hombres a luchar por ellas se deba a que no se les permitía a las mismas mujeres ir al frente puede ser muy tentadora, pero se desmorona cuando conocemos las manifestaciones en las que pedían ¡los hombres al frente, las mujeres en las fábricas! No parecía que la idea de ir a la guerra fuese muy seductora para la mujer, precisamente, así que podemos dudar que consideraran su exclusión de ella como un trato discriminatorio. No debemos culparlas, no obstante, pues ir a la guerra tampoco era el sueño de la inmensa mayoría de hombres que eran forzados a empuñar las armas. 









En el golpe militar de Chile de 1973, las mujeres arrojaban maíz sobre los hombres que no querían ir al frente, llamándolos gallinas. En Estados Unidos hubo un caso particularmente oportuno para ser mencionado, pues no involucra a la mujer en general sino a colectivos feministas en particular. Cuando en 2010 se abrió el debate en Estados Unidos sobre la conveniencia de replegar las tropas que ocupaban Afganistán, la revista Time publicó una impactante foto en portada de una joven afgana a la que los talibanes le habían cercenado la nariz. La revista lanzaba la pregunta what happens if we leave Afghanistan? (¿qué ocurre si dejamos Afganistán?). Es decir, trataban de convencernos de que si los soldados estadounidenses (inmensa mayoría varones) abandonaban el país oriental, las mujeres volverían a ser brutalmente atacadas como la chica de la portada. 






La organización feminista estadounidense Feminist Majority Foundation coincidió con la idea del artículo del Times. Hay que salvar a las mujeres afganas… sacrificando para ello a hombres. El 97,6% de los soldados estadounidenses muertos en las guerras en Oriente Medio fueron varones, por lo que podemos decir que diversas asociaciones feministas apoyaron el envío de centenares de hombres a la muerte para proteger a la mujer, al tiempo que los llaman violentos por hacer la guerra y sostienen que las oprimen… Todo correcto, claro. 

Resulta además muy curioso que, artículos como el ya mencionado de El País, en el que criminaliza al varón no sufra la censura del sexo presuntamente dominante. Torreblanca, y muchos otros, no sufren ninguna consecuencia adversa por publicar cosas como las arriba expuestas. No son expulsados de las universidades donde trabajan, ni enviados a prisión, ni tienen que salir a la calle con escolta por temor a ser agredidos. Para oprimir durante milenios, parece que seguimos muy verdes en el oficio.



  • Artículo de El País del 25 de enero, 2014. El varón, arma de destrucción masiva.
  • War and gender, de Goldstein.
  • Artículo del Times del 9 de agosto, 2010. Afgan women and the return of the Taliban.
  • Artículo de Sonali Kolhatkar y Mariam Rawi del 7 de julio, 2009. Why is a leading feminist organization lending its name to support escalation in Afghanistan?
  • Datos de ProCon.Org sobre bajas estadounidenses en la guerra. 





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lunes, 25 de julio de 2016

Carta a feminista radical




Pintada feminista 




Me dices que tengo que deconstruirme. Que si quiero limpiarme del pecado del machismo (porque lo tengo, por el mero hecho de nacer) tengo que aceptar el feminismo, callar y escuchar en respetuoso silencio a la feminista que tengo delante de mí. Pues tengo una mala noticia que darte. Escucho a quien me da la gana escuchar (tal vez en unos años no pueda decir lo mismo, pero hoy todavía soy libre). Esa libertad que tanto parece molestarte me otorga el derecho de no escucharte si no me apetece hacerlo. Así que si decido escucharte (o leerte) será porque me sale de las gónadas hacerlo, no porque tú me lo pidas (y mucho menos, me lo exijas). Así que nunca pierdas de vista esto. 

Sin embargo, me gusta debatir, enfrentar mis ideas con las de otros y ponderarlas, de manera que es muy probable que no tenga inconveniente en escucharte. Sin embargo no esperes que mi atención sea incondicional. Te escucharía respetando tu turno de palabra pero luego tú tendrías que escuchar mi réplica con el mismo respeto. Si no te gusta esta condición que impongo (y que no es negociable), ni te molestes en darme tu opinión sobre ningún asunto. No me interesa. 

Si por el contrario aceptas esta condición e iniciamos un debate no utilices la expresión mansplaining cuando yo esté argumentando. Sólo es otra palabra censora con la que queréis evitar que os refuten vuestros argumentos. ¿Recuerdas lo que dije antes de que soy un hombre libre? Pues eso, que yo explico lo que a mí me salga de la campana y su badajo, y si no te gusta eres libre de interrumpir el debate y marcharte en cualquier momento. Esgrimir el mansplaining dice mucho de quien lo emplea. Es una manera sucia de coartar los argumentos del oponente, reconociendo ser inferior a él. 

Tampoco me vale que digas que no puedo darte lecciones de feminismo porque soy un hombre y tú una mujer. Como si los cromosomas de cada uno influyeran en la capacidad para entender un determinado tema, ¿no erais vosotras las que decíais que las diferencias entre nosotros son únicamente socioculturales? Decir que no puedo saber tanto de feminismo por ser hombre es tan sexista como decir que una mujer no puede saber tanto de mecánica por ser mujer. No, conocer un tema es el resultado de leer sobre él y de la capacidad de cada cuál para entender sobre lo que lee. Punto.

Y si se trata de un debate serio, es importante que cuando hagas una afirmación, y yo te pida que me la demuestres, lo hagas. No porque yo tenga autoridad sobre ti o nada parecido. Sencillamente porque es lo lógico. El que hace una afirmación es el que está obligado a demostrarla. De lo contrario estarías cayendo en una falacia conocida como elusión de la carga. No, yo no estoy obligado a demostrar que lo que dices es falso, sino tú la que estás obligada a probar que lo que sostienes es cierto. Así que cuando te pida pruebas no me digas búscalo tú o yo no soy maestra de nadie.

Eso es todo lo que tengo que decirte, por ahora. Si no te gusta lo que has leído tú también eres libre de ignorar esta carta o aceptar lo que digo y debatir como personas civilizadas.









viernes, 22 de julio de 2016

Argumentos falaces II



Aristóteles, padre de la lógica.


Continuamos exponiendo y analizando argumentos habitualmente esgrimidos por el neofeminismo, y que son objetivamente falaces, según las leyes de la lógica. 



Existe el patriarcado porque a mi amiga la acosaron por la calle, a mi vecina le siguieron una noche y a mí me dijeron cosas en el metro. 
Este argumento falaz es conocido como evidencia anecdótica (o prueba anecdótica). Consiste en enumerar una serie de anécdotas personales y extraer una conclusión generalizada de ella. Podemos ver otra variante del mismo argumento. 




En las guerras la mujer son las principales víctimas, pues a menudo son violadas, como relató esta chica ugandesa en un artículo. 
Poner ejemplos concretos, por muy numerosos que sean, no pueden aceptarse para extraer generalidades. En el primer ejemplo, además, nos encontramos con el problema de que son anécdota de incontrastable naturaleza. ¿Cómo puedo saber si es verdad lo que le pasó a tu amiga o a tu vecina? Las anécdotas personales no pueden tenerse en cuenta en un debate porque, además de no poderse demostrar, no indican un patrón o generalidad. 

Con respecto al segundo ejemplo; el relato de la chica ugandesa puede ser terrible, pero esgrimirlo como argumento en apelar a las emociones, no a la razón. Si quieres demostrar algo en un debate serio debes recurrir a estadísticas. Pero claro, a veces las estadísticas no nos respaldan. 



¿Dices que hay denuncias falsas? ¿Insinúas que las mujeres mienten y no sufren maltrato? 

Esta común argumentación corresponde a una de las falacias más usadas; el hombre de paja. Consiste en deformar la argumentación del oponente mediante la burla o la exageración. En este caso es evidente que decir que hay denuncias falsas no implica, en ningún caso, que no haya muchas mujeres que sufren violencia doméstica y que denuncian justamente. 



Si decimos que hay muchas denuncias falsas, las mujeres tendrán miedo de denunciar porque no las creerán. 

Esta falacia es conocida como ad Consequentiam; consiste en decir que algo conducirá a una consecuencia que no está demostrada, y aunque lo estuviera, no quita que lo que se ha dicho no sea cierto.








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lunes, 18 de julio de 2016

¿Quién financia el yihadismo?



Tuit de Podemos




Otro atentado masivo e indiscriminado en el corazón de Europa, y al lobo nunca le faltan defensores entre sus propias víctimas. Personas que, ante el horror de cuerpos aplastados en el asfalto y gente que agoniza aún en hospitales, se preocupan más del posible impacto negativo que pueda tener sobre el islam y sus practicantes. Personas que justifican la agresión; “nuestras acciones en Oriente Medio provocan que nos devuelvan la violencia”. Como si los demenciales actos de estos fanáticos fuesen acciones razonables de legítima defensa ante Europa, que es vista siempre como la raíz de todos los males que aquejan al mundo. 

Ésta es la opinión de un nutrido grupo de imbéciles supinos, atrevidos ignorantes sin la menor capacidad de reflexión intelectual. Como Pablo Hasel. Lo podría describir como un polémico artista, pero le consideraría polémico si alcanzase una mínima capacidad intelectiva, y artista si las canciones que compone no despertasen en los sufridos oyentes una oleada instintiva de vergüenza ajena.

Otro de los argumentos que se repiten una y otra vez para culpabilizar a Europa frente a las agresiones que recibe es la supuesta financiación de ésta a los grupos terroristas, que emplean luego dichas armas contra nosotros. Una suerte de monstruo de Frankenstein que se revuelve contra su hacedor. No importa que el arma mayor empleada por el yihadismo sea el kalashnikov de fabricación ilegal o adquirido en el mercado negro, o que empleen –como en el último atentado- un simple camión para provocar una matanza. Los terroristas tienen armas por culpa de Europa. 

Por supuesto, las culpables de que existan grupos terroristas como ISIS son las maquiavélicas oligarquías capitalistas, que son quienes están detrás de la financiación terrorista. La izquierda, adalid del buenismo y la corrección política que impregna ya, como una contagio vírico, toda la política en general, no tiene responsabilidad en las masacres cuando venden las puertas de Europa. Olvidan que, como se demostró en Operación Gala, la mezquita de la M30 –el más importante centro de culto islámico en nuestro país- financiaba el yihadismo, y que una de cada tres mezquitas de Barcelona está, según la Generalitat, en manos del salafismo, movimiento que defiende un retorno purista al islam, y que está fuertemente vinculado a la yihad. 

No, si hay alguien que financia el terrorismo yihadista en territorio europeo son la izquierda, el buenismo y la corrección política asociados a ella. Y a los datos me remito. Al fin y al cabo, tanto la izquierda como el fundamentalismo islámico persiguen el mismo objetivo; la destrucción de la civilización europea. Son cooperados necesarios en su asesinato.







martes, 12 de julio de 2016

A la caza del hombre




Kandyce Downer asesinó a su hija de 18 meses




CAPÍTULO 6: A LA CAZA DEL HOMBRE




“Hay que feminizar la sociedad”. Javier Urra, ex-defensor del menor. 



Como hemos visto, existe un esfuerzo –financiado con dinero público a través de instituciones gubernamentales como el ya mencionado Institut de la Dona (Baleares)- para influir en el tratamiento de las noticias relacionadas con la violencia doméstica y la violencia hacia la mujer. Buscan así ajustar la compleja realidad a la simplista y tendenciosa ideología de género, que sustenta códigos como la ley de VioGen o las subvenciones astronómicas que se destina para “costes de servicio” de instituciones feministas y medidas de igualdad nada específicas.

Según la ideología de género, la sociedad en sí es una estructura machista que busca la subyugación del género femenino al masculino, y para sostener esa teoría –convertida en una ley incuestionable e inflexible- deben ajustar la realidad a ella a través de la información de los medios. Medidas de presión como el decálogo para el tratamiento de noticias de violencia de género –como el del Institut de la Dona, visto en el capítulo anterior- prueban que las teorías que defienden no es producto de una observación de la realidad social, sino que han invertido el orden del método científico, poniendo primero la teoría, para después ajustar la realidad a ella artificialmente y, a menudo, de manera forzada. 

Ya hemos hablado de una de estas medidas, expresadas por las propias instituciones implicadas, que consiste en no informar de ninguna causa –o probable causa- de homicidio en el ámbito de la violencia hacia la mujer que no sea el machismo. Así, si el victimario presenta trastornos mentales o conductas adictivas que hayan podido influir decisivamente en la comisión del crimen, estos factores deben ser censurados cuando se informe del homicidio en los medios de comunicación. 

Al mismo tiempo, las noticias donde el victimario es mujer y la víctima es varón, presenta el tratamiento inverso. Se hace especial hincapié en el historial psiquiátrico de la homicida, y de no haberlo se especula con que padece algún trastorno mental. Así pues, cuando la estadounidense Kandyce Downer mató a su bebé de doscientos golpes se informó de inmediato que padecía un trastorno mental, pese a que no concretan cuál. Lo más llamativo del tratamiento de esta noticia es que su hermano, Richard Downer, es quien realiza el “diagnóstico”, y además ni siquiera es profesional de la psiquiatría. Paradójicamente, el padre de Kandyce Downer fue víctima de violencia doméstica, siendo asesinado por su mujer y madre de Kandyce. 

Una madre, en Girona, arrojaba por la ventana de un decimotercer piso a sus dos hijas, noticia que el diario La Vanguardia informaba como un “suicidio de su mujer y sus dos hijas”. Casi como un suicidio colectivo en lugar de un doble parricidio. Sobra decir que las “suicidas” tenían once años y diez meses respectivamente. En el detalle de la noticia, se señalaba como posible causa del crimen la “tristeza extrema” de la parricida. Es decir, la política actual (nunca mejor expresado) a la hora de informar delitos en el ámbito doméstico acepta como factor determinante en la comisión de un crimen la “tristeza” pero no el trastorno mental o la conducta adictiva –cuando es un varón quien la padece, claro-. 

Ese tratamiento tendencioso de las noticias, que presenta a hombres como asesinos siempre lúcidos, y a asesinas siempre enajenadas e irresponsable de sus actos, contribuye a asentar la idea de que la violencia es intrínsecamente masculina y ajena a la mujer, que siempre representa un papel pasivo en ella. La masculinidad se reviste de connotaciones negativas y se convierte en un “mal” que extirpar de la sociedad. Así, el ex-defensor del menor Javier Urra, decía en una conferencia que era preciso “feminizar” la sociedad, para que sea más empática. De nuevo, lo femenino como antídoto contra la perversión masculina. 

¿Es cierto que la violencia, la crueldad, la perversión son feudo exclusivo del sexo masculino? ¿Qué papel tiene la mujer en la violencia en general, y la violencia doméstica en particular? En el próximo artículo estudiaremos la violencia cuando es ejercida por una mujer.



  • Artículo de Informativos Telecinco del 29 de mayo, 2016. Caso Kandyce Downer.
  • Artículo de La Vanguardia del 10 de diciembre, 2015.
  • Artículo de Público.es del 27 de mayo, 2016.




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viernes, 8 de julio de 2016

El Cuarto Poder








CAPÍTULO 5: EL CUARTO PODER



En la época de la información, el control de los medios de comunicación se convierte en un elemento indispensable para evitar sediciones y, al mismo tiempo, adoctrinar a la población sobre la que se ejerce el dominio. Todo poder tiene vocación de permanencia, y ésta pasa indefectiblemente por dirigir el cuarto poder –o, en su defecto, influir en él-. Hemos visto en el primer capítulo que la LIVG interrumpe las garantías jurídicas de los acusados por delitos de violencia doméstica, que está justificada en la mentira contrastable de que en este país existe una especial incidencia de violencia hacia la mujer y que, además, se ha demostrado manifiestamente ineficaz. Hemos visto también que la aplicación de esta ley ha creado –o estimulado- un tipo de delito con gravísimas consecuencias para la víctima, y que es silenciado por instituciones públicas, añadiendo también una vergonzosa cobertura de la delincuente; las denuncias falsas

También hemos visto que, en torno a la ley, se ha creado una lucrativa industria con inversión pública, y que podría ser razón del inmovilismo a la hora de modificarla para corregir sus graves efectos. Así pues, nada de esto se puede sustentar sin la influencia en los medios de comunicación, escapando muy pocos a la implacable presión y persecución por parte de asociaciones subvencionadas e instituciones públicas. 

Esa presión se hace material con el Decálogo para Medios de Comunicación del Instituto de la Mujer de Baleares (Institut Balear de la Dona) que firmó numerosos medios de comunicación de gran peso. En dicho decálogo, se conmina a los medios a abandonar la neutralidad en el tratamiento de noticias de violencia de género, y se “recomienda” no informar sobre factores que la ideología neofeminista considera externos, aún cuando estén aceptados como posibles causantes de homicidio (como consumo de ciertos estupefacientes o enfermedad mental). 

La razón que exponen es que estos factores pueden percibirse como justificaciones del crimen y, por consiguiente, deben omitirse –censurarse- cuando se informe de un homicidio en el ámbito doméstico. Esta institución pública no se limita a elaborar ese tendencioso decálogo de “recomendaciones”, sino que mantiene una vigilancia constante para asegurar su cumplimiento. Así pues, en 2014 encargó un detallado informe a la Fundación Gadesco, donde se analizaban más de 600 noticias relacionadas con violencia hacia la mujer publicadas en los principales medios –tales como El Mundo, El País, Diario de Mallorca, diarios digitales, etc.- 

El único factor considerado para esta institución pública es la desigualdad social y el machismo, eliminando otros factores que pueden influir en un crimen, y que no implique necesariamente una justificación del mismo. Un caso lacerante de violación del código deontológico del periodista fue el de Javier Fernández, músico de la banda Los Piratas, que fue abatido por la policía después de que su mujer hubiese alertado a las autoridades de su conducta violenta. El caso fue presentado por los medios como “otro hecho de violencia machista”. Su esposa, no obstante, y aprovechando los estrechos canales a los que tenía acceso –redes sociales- publicó una carta en la que expresaba que Javier Fernández no era un maltratador, sino que padecía un grave trastorno bipolar por el que recibía tratamiento psiquiátrico. Pocos días antes del fatal incidente, su psiquiatra había interrumpido su medicación –decisión equivocada, a todas luces- teniendo predecibles efectos. Ante un caso como este la pregunta es obvia, ¿cuántos Javier Fernández han pasado por maltratadores sin que lo sepamos? 

En otras palabras, de los cincuenta y seis asesinos del pasado año (2015), todos y cada uno de ellos, sin excepción, eran asesinos lúcidos, sin problemas psiquiátricos y/o de adicciones, cuya exclusiva motivación había sido ese machismo atávico producto de las históricas desigualdades sociales. Un estudio realizado en instituciones penitenciarias sobre reclusos que cumplen condena por violencia hacia la mujer parece empeñado, no obstante, en contradecir ese ideologizado y tendencioso tratamiento de noticias de violencia de género. El estudio, realizado por la Universidad Pública de Navarra y PSIMAE Instituto de Psicología Jurídica y Forense sobre 448 reclusos, revelaba que en el 42% de la muestra se presentaba antecedentes psiquiátricos, de los cuales, el 67,5% tenían conductas adictivas, el 22,8% padecían trastornos emocionales y un 9,5% sufrían trastornos de personalidad.

¿Significa que todos los asesinos padecen trastornos mentales o conductas adictivas? Es evidente que no, pese a que esa falacia del hombre de paja sea comúnmente empleada por el neofeminismo y las instituciones que lo apoyan. Lo que es innegable es que el factor "machismo” no es el único presente en la violencia hacia la mujer y que, de hecho, ni siquiera es imprescindible para que se cometa un delito de violencia doméstica. 

¿A quién perjudica ese diagnóstico político? En primer lugar a las propias víctimas de violencia doméstica, pues este precipitado e inflexible juicio impide estudiar a fondo causas que pueden ser detonantes de violencia doméstica y, por ende, se obstaculiza su erradicación. Y por otra parte, criminaliza al hombre, lo cual es útil para tutelar a la mujer y obtener su obediencia. El neofeminismo y las instituciones que las apoyan predican el miedo al varón para que la mujer acuda a ellos y entreguen su libertad a cambio de su necesaria protección, ¿os suena el nos matan

A continuación veremos en qué consiste la campaña de criminalización del hombre y cómo está entretejida en esta compleja madeja que tratamos de deshilar capítulo a capítulo.



  • Decálogo para Medios de Comunicación del Institut Balear de la Dona, 2014.
  • Caso Javier Fernández, batería del grupo musical Los Piratas.
  • Estudio “Violencia de Género e Inmigración: Perfil Diferencial de Hombres Maltratadores Nacionales e Inmigrantes”.




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lunes, 4 de julio de 2016

Capítulo cuatro: El Ministerio de la Verdad








“Quien controla el presente, controla el pasado, y quien controla el pasado controlará el futuro.” 1984, de G. Orwell. 



Winston Smith, el protagonista de 1984, de George Orwell, tenía una función especial en la gris, colectivizada y opresiva sociedad que se describe en la novela. Su cometido era reescribir la historia, eliminando, alterando o inventado documentos históricos hasta que el pasado se ajustara a los intereses del Partido, siguiendo la máxima de que quien controla el presente, controla el pasado, y quien controla el pasado controlará el futuro. La LIVG, como hemos visto, justifica la tutela de la mujer por parte de las instituciones del Estado aludiendo a la especial vulnerabilidad de las mujeres en la sociedad y su histórica situación de desigualdad. La mujer se convierte, por tanto, en el blanco de la violencia de una sociedad estructuralmente machista. 

La sentencia del Tribunal Supremo, ante el recurso presentado por la inconstitucionalidad de la LIVG, confirmaba la aceptación de la idea de que la violencia hacia la mujer se ejerce en base a su sexo, distinguiéndose de cualquier otro tipo de violencia, quedando así justificada la asimetría penal. Obviando el hecho subjetivo de que cualquier intento legislativo por equilibrar una desigualdad, supuesta o real, suele conllevar a un desequilibrio opuesto e igualmente reprobable, ¿es cierto que la mujer es especialmente vulnerable? ¿Podemos decir, sin atisbo de duda, que la violencia que se ejerce sobre la mujer en el ámbito de la pareja es en base a su sexo? 

Una circunstancia que ayuda a la aceptación del rol pasivo o receptor de la mujer en la violencia es el hecho de que quien asume con mayor frecuencia el rol activo o emisor es el hombre. En otras palabras, hay más delincuentes varones que féminas, y eso se puede comprobar echando un vistazo a la población carcelaria de cualquier país. Sin embargo, lo que suelen omitir desde el “Ministerio de la Verdad” neofeminista es que, aunque el emisor de la violencia es comúnmente el hombre, el receptor de la violencia es también –y con amplia diferencia- el hombre. Así, un artículo de El País aseguraba que el hombre tiene hasta tres veces más posibilidades de ser víctima de un homicidio que la mujer. 

En Estados Unidos, donde el estudio de la violencia no se encuentra bajo la inflexible heterodoxia de las teorías de género, se puede observar este fenómeno que, no obstante, es global y, con un pequeño margen, extrapolable a cualquier país occidental. Según la Oficina de Estadísticas de Justicia de los EE.UU., el 74,9% de las víctimas de homicidio intencionado son varones. De manera que, si bien es cierto que el porcentaje de homicidas varones es mayor, también lo son sus víctimas. 

Luego podemos afirmar que la mujer no es el blanco principal de la violencia común. Ahora bien, ¿qué hay de la violencia en el ámbito de las relaciones sentimentales? Según datos del Observatorio de Violencia Doméstica y de Género, en 2013 murieron cincuenta y cuatro mujeres a manos de sus parejas o exparejas masculinas, y dieciséis hombres a manos de sus parejas o exparejas femeninas. Existe una evidente diferencia en el número de víctimas, ¿pero explica esta estadística que las razones que llevan a un hombre asesinar a su pareja son distintas que las que llevan a una mujer a tomar la misma terrible determinación? ¿No es más lógico pensar que las causas por las que hay más asesinos varones en el ámbito de la pareja son las mismas por las que hay más asesinos en términos generales? 

El 8 de noviembre de aquel año, en Valencia, una mujer de cincuenta y nueve años asesinó a su pareja ante la negación de la asesina de aceptar el cese de la relación. Después de la ruptura, la mujer había acosado a la víctima para forzarle a retomar la relación, estrangulándolo ante la frustración por no conseguirlo. ¿Quién puede afirmar que las causas que movieron a esa homicida son distintas a las de cualquier agresor varón? ¿No fueron celos, sentido de posesión, creer que tenía derecho sobre la vida y el destino de su pareja, que no era éste libre de tomar la decisión que considerara oportuno? 

El papel de los medios de comunicación –que detallaremos en el próximo capítulo- es crucial para extender la idea de que las causas de la violencia dirigida hacia la mujer son especiales y viene determinada por una estructura social machista –aun cuando son, en términos generales, minoritaria-, mostrando las noticias de una manera tendenciosa e ideologizada. También cuestionaremos qué hay de cierto y qué de dogma en esa idea de machismo estructural, conocido comúnmente como patriarcado.



  • Capítulo III de 1984, de George Orwell
  • Sentencia del Tribunal Supremo (BOE núm. 200, del 19 de agosto, 2008)
  • Artículo de El País Por qué ellas viven más del 21 de noviembre, 2006.
  • Oficina de Estadísticas de Justicia de los EE.UU.
  • Artículo de La Vanguardia del 8 de febrero, 2013.


viernes, 1 de julio de 2016

Argumentos falaces I



Aristóteles, padre de la lógica



Cuando participamos en un debate, si pretendemos que éste sea serio e intelectualmente elevado, debemos huir de los argumentos falaces y saber detectarlos cuando el oponente los esgrime. Sospecho que quienes leen este artículo se habrán tropezado en alguna ocasión con uno de esos personajillos vociferantes, exaltados y no muy derrochantes de sabiduría que habitan en las ciber-junglas, y seguro que os habrán espetado algunos de los argumentos que paso a exponer a continuación, y que corresponden a falacias lógicas perfectamente descritas. 


No existe el maltrato de la mujer hacia el hombre, o se da en una proporción significativamente menor. 

Este argumento, tan comúnmente esgrimido por el neofeminismo, es una falacia conocida como Ad Ignorantium (o apelación a la ignorancia), ya que aprovecha la notable falta de estudios sobre la violencia específica sufrida por el hombre (en contraposición a la violencia ejercida sobre la mujer, que cuenta con numerosísimos y sesudos estudios en los países occidentales). De manera que un tipo de violencia (la que tiene por victimario al hombre y víctima a la mujer) goza de profundísimas investigaciones mientras que existe un profundo abismo de oscurantismo en los tipos de violencias en los que se invierten el emisor y el receptor. 



Existe opresión a la mujer ya que cada año hay muchas que son acosadas, agredidas, insultadas, menospreciadas, asesinadas, etc.

Esta falacia es llamada sesgo de selección favorable, que consiste en enumerar de manera interesada sólo las circunstancias que son favorables para defender nuestra idea. El ejemplo arriba expuesto tiene dos omisiones importantes que la invalidan como argumento serio; 
  • A)No tiene en cuenta que, si bien es cierto hay mayor número de delincuentes varones, también el receptor de la violencia es ampliamente masculino, por lo que la violencia ejercida sobre la mujer es una más de todas las clases de violencias, y ni siquiera es la más común. 
  • B)No tiene en cuenta la violencia que la mujer ejerce sobre otros hombres y mujeres. 




Los piropos llevan a la cosificación de la mujer, lo que fomenta la idea de que puedan ser violadas o agredidas sexualmente. 

Este argumento es fácilmente refutable y, paradójicamente, es de los más esgrimidos por el neofeminismo. Corresponde a una falacia argumentativa conocida como falacia de la pendiente resbaladiza, que consiste en decir que una acción comporta una consecuencia sin demostrar empíricamente la relación entre ambas. 

En el ejemplo arriba expuesto, no sólo no podemos decir que no está demostrado empíricamente que el piropo influya en las violaciones o agresiones sexuales, sino que podemos afirmar lo contrario, si tenemos en cuenta que en la sociedad española hay una amplia “cultura del piropo” y según estudios de la UE, nuestro país tiene uno de los índices más bajos de este tipo de violencia. 



Si no eres feminista eres machista. 

Ésta es mi preferida. Corresponde con la Falacia de la Falsa Dicotomía, que consiste en reducir todas las posibilidades (en este caso, esquemas de pensamiento) a sólo dos opciones enfrentadas. En este caso, si no eres feminista te conviertes automáticamente en machista.