jueves, 28 de enero de 2016

Las guerreras de occidente y de oriente


Mire estas tres imágenes. Dedíquele medio minuto a cada una. Reflexione sobre ellas. 














Ahora mire esta otra. 






¿Qué ves? ¿Qué diferencia unas de otra? En la primera imagen vemos a un grupo de desvergonzadas portar un enorme cartel que reza preferimos ser viudas de héroes que esposas de cobardes. Para ellas, que un hombre no quiera luchar en el frente, que no quiera matar y morir en el barro, que desee alejarse de los horrores de la guerra, es un cobarde, y merece el desprecio de todas esas mujeres que se quedarán en casa, al calor de un hogar. Uno podría decir –hay quienes lo hacen- que esas mujeres que enarbolan el mencionado cartel no se les ha permitido tomar ellas mismas las armas –culpa del patriarcado, por supuesto- y por eso “animan” a sus esposos a hacerlo por ellas. 

Cuando uno ve la segunda imagen, en una manifestación que tuvo lugar en Valencia en 1937, y en la que se ve a mujeres que portan consignas escritas tales como los hombres al frente, los talleres para nosotras, tampoco se las ve muy contrariadas por no poder ir. 

En la tercera imagen vemos a las Femen, un grupúsculo creado y financiado por un hombre, y que cuenta con militantes a sueldo, que levantan el puño y ponen gestos feroces, aunque dirijan sus ataques contra curas septuagenarios, o a la cultura occidental que las subvencionan y les garantizan el derecho a la libertad de expresión que les permite atacarla. Combatientes de un enemigo –el patriarcado- diseñado a medida de sus intereses, cebado por ellas mismas para conservar sus privilegios y, con la voracidad que acostumbran los tiranos, conseguir aún más. 

Ahora vuelva a ver la cuarta imagen. Vemos a un puñado de mujeres sentadas, con un viejo y baqueteado rifle Kalashnikov apoyado entre las piernas. Sonríen a la cámara algunas, evitan el contacto con el objetivo otras –una de ellas se oculta torpemente el rostro con una mano, tímida-. No ponen rostros feroces ni levantan el puño. No necesitan poses frente a la cámara. No lanzan consignas, ni presionan a otros para que luchen por ellas. Se han empoderado sin necesidad del feminismo o, más bien, sin que el feminismo las haya apoyado de ninguna manera. 

En la guerra, sin embargo, más valdría tenerlas al lado que enfrente. Una de ellas dice, con orgullo guerrero, que ha hecho huir a yihadistas. Otra asegura haber matado a una docena. Las mujeres de esa imagen no se enfrentan a tablas de madera que no devuelven el golpe, como las otras, sino a tipos que no respetarían ningún convenio internacional de guerra, si echaran sus zarpas sobre ellas. 

Esa es la diferencia entre unas y otras. Vuelva a ver las imágenes y juzgue.






lunes, 25 de enero de 2016

Carta a Jordi Évole… otra vez.






Perdona si te tuteo, Jordi, pero como es la segunda carta que te escribo, ya veo afianzada nuestra relación epistolar… aunque dicha relación sea unilateral. Si la primera vez apelaba a tu ética profesional y a tu responsabilidad mediática –aún me río cuando lo recuerdo- en esta pretendía, simplemente, desahogarme aporreando las teclas del ordenador. En tu próximo capítulo de Salvados hablarás sobre la violencia de género, por supuesto desde la inflexible ortodoxia que impone el régimen fascista de la corrección política –eso te convierte, por tanto, en un neofascista, o alguien que trabaja a sueldo para ellos-. El machismo mata, se titulará. 

Ya sé cómo clasificarte Jordi -no cómo periodista, por cierto-. Más bien eres una estrella del rock. Alguien famoso y, presumo, con unos ingresos cuantiosos, muy por encima de lo habitual en tus colegas de profesión. Alguien con pose meditada, hecho a medida de la demanda televisiva, un friki con pretensiones –si me apuras-. Un héroe de las causas nobles –las que impone el ya mencionado y omnipresente régimen fascista de la corrección política- que, como el resto, está muy alejado de lo que necesita la gente. Porque no es casualidad que, según un informe de Oxford publicado por el instituto Reuters, sólo el 34% de la población española confíe en los medios de comunicación –sector del cuál eres parte integrante-, recibiendo la peor calificación en toda Europa. Si tuvieras un mínimo de ética profesional deberías valorar por qué casi nadie cree en vosotros, y cuál es tu responsabilidad particular en ello. En esto podías aprender de Harald Eia, documentalista noruego –transgresor de los de verdad- que refutó la ideología de género en su país. 

Eres, además, un cobarde. Tocas temas que vendes, muy inteligentemente, como transgresores o polémicos; meterte con los políticos o con las eléctricas. Pero, ¿quién no se mete hoy día con los políticos? No eres un salmón que nada contra la corriente, sino más bien un pez payaso que nada con la marea a favor. Un cobarde con un status económico que mantener y que sólo se mete en una pelea que sabe ganada, exactamente como hace cualquier abusón, como hace cualquiera de los repugnantes maltratadores de los que hablarás en tu documental. 

Déjame adivinar, antes del estreno del mismo, en qué consistirá. Datos sesgados, dogmas que por repetirse hasta la saciedad se han aceptado como axiomas matemáticos y, por supuesto, mujeres maltratadas relatando su terrible experiencia –hay que apelar a las emociones, que son gestionadas por el sistema límbico, estructura cerebrales muy primitivas desde el punto de vista evolutivo, en lugar de apelar al raciocinio, que se gesta en el córtex cerebral, la zona más evolucionada de nuestro cerebro-. Porque sí, amigo Jordi, como bien decía el doctor Gaona, tenemos que creer, no pensar, ¿verdad? 

Yo decidí hace tiempo que pensar era mejor para mí y para todos. Para vosotros, los ortodoxos de la corrección política, soy un hereje. Uno de esos profetas del desierto que predican al aire, para quien quiera oírlo, sin más pretensiones que calar en el córtex cerebral de alguno de esos salmones que gustan de nadar a contracorriente –y no en el sistema límbico de algún idiota-. Un apóstata de vuestra dictadura neofascista, y a mucha honra. 



Cordiales saludos, Jordi.






La verdadera historia de la Ley de Violencia de Género que no te han contado. En sólo dos minutos; AQUÍ



viernes, 22 de enero de 2016

Soy de izquierdas, feminista y ateo










Soy muy de izquierdas. La prueba de ello es que tengo una camisa del Che, me he aprendido el himno de la Internacional y saco a pasear un par de veces al año la bandera tricolor. Creo que el pueblo vive en la ignorancia, es fascista y machista, pero defiendo la idea de que tiene que gobernar. 

Creo que la sociedad occidental es profundamente patriarcal, pero eres un racista si dices que la sociedad árabe es patriarcal, dónde vamos a parar. 

¿Miras el trasero de una mujer cuando pasa por tu lado? ¡Cultura de la violación! ¿Cientos de inmigrantes norteafricanos “juegan” al Taharrush con mujeres en las calles? ¡No generalices! ¡No todos son así, xenófobo! 

Porque vivimos en una sociedad muy machista. Un sistema político, económico y social misógino. ¿Qué cómo explico el hecho de que no puedas declararte machista porque esa palabra tiene connotaciones muy negativas y censurables por la sociedad? Esto… ¡Machista! 

El Estado oprime a la clase obrera, ¿cuál es la solución? ¡Démosle aún más poder al Estado eliminando la propiedad privada y dándole los medios de producción! ¡Seguro que así eliminamos la desigualdad de clases! Porque nosotros somos democracia. Eso sí, si no piensas como nosotros eres un facha. 

Estoy cansado de que me llamen feminazi, pero voy a publicar unos cuantos chistes sobre el Holocausto, y exterminar judíos, y bombardear Israel, que eso no tiene nada que ver con los nazi. ¡No sé por qué nos siguen asociando con ellos! Porque sí, en la izquierda mucha coherencia no tendremos, pero sentido del humor… para exportar. 

¿Qué hacemos chistes con niñas asesinadas? ¡Os lo tomáis todo a la tremenda! ¿Haces chistes machistas? ¡Maldito opresor heteropatriarcal! ¡Eres parte del problema! 

No soporto esas publicaciones masculinas donde salen chicas que, voluntariamente y cobrando, se desnudan. ¿Las mujeres con chilaba y hiyab? ¡Respeta su libertad para ponérselas! 

Losantos, ese petimetre fascista, ha dicho que dispararía a los políticos de Podemos. Vale que el concejal podemita Pablo Soto hablaba de torturar y guillotinar a Gallardón, y que otro concejal decía que había que empalar a Toni Cantó, pero es que no es lo mismo. Eso es justicia proletaria. 

El PP y Ciudadanos son de extrema derecha. Vale que no hacen apología del fascismo, y que nosotros ondeamos públicamente la bandera de la hoz y el martillo, bajo cuyas fauces han muerto más de cien millones de personas en el siglo XX, pero son extremistas. Nosotros somos moderados. Socialdemócratas se dice ahora.

¿Alfon terrorista por defender su derecho de explosión… digo, expresión? ¡Eso fue un montaje policial! ¡Leopoldo López, opositor venezolano encarcelado, sí que es un terrorista! 

Acusarme de pro-etarra es infamarme. Pero es cierto que ETA tenía implicaciones políticas, que defiendo un amnistía total para presos condenados por masacrar civiles y que es injusto que De Juana Chaos sea tan duramente censurado por la sociedad. 

Soy ateo. Más que ateo, soy un militarista anticlerical. ¡Hay que quemar la Conferencia Episcopal, por fascista y patriarcal! ¿El islam? Hay que defender el derecho a la libertad religiosa y ser tolerante con los cultos y tradiciones. 

Hay que “laicificar” tradiciones de origen religiosas como la de los Reyes Magos, con esto de la paridad. ¿Las mujeres se sitúan detrás de los hombres en las mezquitas? Son tradiciones y reglas de ellos. Hay que respetar. 

Sí, soy de izquierdas. Coherencia ideológica es lo que nos define. ¡Camarada, la lucha sigue!





martes, 19 de enero de 2016

El neofeminismo también mata



Jennifer Thompson y Ronald Cotton en el programa El Hormiguero


La historia que aquí les traigo es de aquellas que no se olvidan. Tienen como protagonista a dos víctimas –por diferentes circunstancias- y un sistema judicial que puede despedazar la vida de cualquier hombre con una facilidad terrible. La pesadilla para Jennifer Thompson comenzó una madrugada en su propio hogar, cuando despertó en la noche y sintió el frío metálico de un cuchillo en el cuello. La joven –contaba entonces veintidós velas- vio un rostro oscuro, hostil, que le miraba fijamente. Aquel hombre la violó y luego desapareció como una furtiva sombra. 

Mientras la violaba, la muchacha había tomado una determinación; hacer una fotografía mental de aquel rostro moreno y duro, para –si se daba el caso que sobrevivía a aquel indeseado encuentro- poder denunciar y que su agresor no quedara impune. Relatado los hechos a la policía, cuando Jennifer Thompson fue llevada a una rueda de reconocimiento y se encontró con el rostro de Ronald Cotton, sus rodillas casi no pudieron sostener el peso de su cuerpo. La muchacha señaló a Cotton y el policía le hizo la pregunta de rigor ¿cómo estás de convencida? Thompson afirmó.- Nunca olvidaría ese rostro

Ronald Cotton era un joven negro, de una edad parecida a la de Thompson. El muchacho no entendía por qué aquella mujer, a la que no había visto en su vida, le señalaba con el dedo, le miraba durante el juicio con aquel odio visceral y se empeñaba en que acabara sus días encerrado. Sin pruebas en su contra, el juez le condenó a cadena perpetua, cambiando para siempre su vida, cancelando todos los planes que el joven había hecho, enterrando todos sus sueños con un golpe de maza. 

Once años después, Cotton ya se había hecho a la vida en la cárcel. Una suerte que nunca hubiese sospechado hasta el día en que los ojos de Thompson se cruzaron en su vida. Resignado a pasar el resto de sus días como reo del sistema penitenciario estadounidense, Cotton se tropezó en una ocasión con otro compañero de presidio. En la charla que vino entre los dos, el otro le contó que tiempo atrás había violado a una muchacha rubia en su propio apartamento, y que nadie le hubo relacionado jamás con aquel hecho. Cotton vio que aquella historia coincidía en el tiempo, el lugar y la descripción de la mujer, y rápidamente supo que estaba ante el hombre por el que él había pagado la cuenta. 

Después de un largo proceso, con su habitual y exasperante burocracia, Cotton consiguió lo impensable; reabrir el juicio. Había pasado tiempo, y la ciencia del ADN era una herramienta más precisa que entonces. Las pruebas genéticas fueron concluyentes; aquel tipo era el culpable del crimen por el que Cotton había sido culpado. La pesadilla de once años de Ronald Cotton había llegado a su fin. 

Cuando Jennifer Thompson supo que el hombre a quien había señalado, convencida de ser su atacante nocturno, había sido negligentemente condenado, sintió que todo se desmoronaba a su alrededor. Cuando cerraba sus ojos, era el rostro de Cotton el que veía encima de ella, a un palmo de su cara, y no el de aquel otro tipo que la evidencia de la prueba genética había determinado como su violador. Su memoria, su misma psique, le había engañado. 

Dos años tardó Thompson en atreverse a contactar con el hombre a quien había destrozado la vida. Como ella misma admitió, tenía miedo de que Cotton la matara nada más verla, por tantos agravios como su errónea acusación le habían procurado. Sin embargo, el peso de su conciencia era mayor que el miedo, y se reunió con él. Para sorpresa de la mujer –que ya contaba treinta y cinco años-, Cotton le dijo que hacía tiempo que le había perdonado. En la actualidad, Thompson y Cotton son amigos, y recorren Estados Unidos y el mundo –los dos relataron su sorprendente historia en el programa El Hormiguero- criticando duramente el sistema judicial que llevó a un hombre a la cárcel sólo por la palabra de una mujer convencida. 

Quien crea que esto sólo puede suceder en Estados Unidos, o que fue un caso de racismo tristemente habitual en el sistema judicial norteamericano –agresor negro, víctima blanca- está en un gravísimo error. En España abundan los “Cotton”. Tenemos el caso de Rafael Ricardi, acusado por error de violación y condenado –recibió la mayor indemnización de esta clase en la historia de nuestro país-, Isaac Díaz Gonzabay o el reciente caso de Joan Cardones. Y es que cuando se concede el principio de veracidad a la acusación, parecerte a un violador puede ser legalmente punible. Jueces que dictan sentencias por la presión de grupúsculos neofeministas, quejosas de que se garanticen derechos básicos a acusados por algún acto de violencia contra una mujer. Fallos condenatorios y ejemplarizantes para evitar ser señalados como jueces machistas o demasiado blandos con las mal llamadas violencias machistas. Casos que evidencian aquello que nadie se atreve a sostener; que el neofeminismo también mata. Lo más triste de esta lista de nombres, vidas truncadas, dolor difícilmente reparable con compensaciones monetarias, son todos aquellos que no tuvieron la suerte de Cotton. ¿Cuántos como ellos pasarán sus vidas, o una parte irremplazable de ellas, en prisión por un delito del que sólo ellos se saben inocentes?







sábado, 16 de enero de 2016

Bescansa y el bebé de atrezzo






Un variopinto grupo de gentes entraba en el Congreso de los Diputados. Rastas, piercings, mochilas, camisetas rayadas y pañuelos inundaban aquellos vetustos hemiciclos de gente almidonada, corbatas y trajes. Eran los diputados de Podemos, puro marketing, poses cuidadosamente elegidas para dar un aspecto de gente “de la calle”. Con este desfile de caricaturescos personajes, Pablo Iglesias parecía querer decir ¡eh!, somos como tú, ¡por fin la gente normal hemos conquistado el congreso! Entre el colorido grupo de perroflautas no faltaban elementos representativos de todos los estratos de la sociedad, incluyendo una mujer negra –así como había una mujer árabe en el grupo de Ada Colau-. Gentes escogidas para rellenar un cupo. Necesitamos una mujer negra, imagino decir a Iglesias, vaya a ser que se piensen que Podemos no apoya la diversidad racial. 

Es una manera de infantilizar a la ciudadanía dirigiéndose a ellos con un estúpido mensaje; los políticos de traje y corbata son fríos y asépticos funcionarios corruptos alejados de la gente llana, nosotros somos gente sencilla, humilde y trabajadora. ¿Qué problema tienen con el traje? Miles de sencillos trabajadores de oficina, comerciales y hasta camareros llevan traje en su trabajo, y no son burócratas pisaverdes, corredores de bolsa o inescrupulosos banqueros. Así como llevar equis número de mujeres no garantiza que vaya haber igualdad –cuando Indira Gandhi gobernó en la India, las sati seguían inmolándose en la misma pira funeraria en la que ardía su difunto esposo-. 

Pero quien concentró los focos de la prensa en aquel colorido circo fue un bebé –no estamos hablando de Errejón, sino de un bebé de verdad-. Concretamente del bebé de la cofundadora de Podemos, Carolina Bescansa, exhibido en el Congreso innecesariamente, pues el edificio posee una guardería a disposición de los diputados que la requieran. Al parecer, era una manera de protestar por la dificultad de muchas madres de conciliar el trabajo con sus responsabilidades maternas. Curioso de un partido político que defiende a ultranza la custodia monoparental, colocando sobre la mujer trabajadora todo el peso de la crianza del hijo. 

Porque entre la gente llana –la de verdad, Pablo, y no la que se disfraza de ella-, no muchas tienen niñeras ecuatorianas, como nuestra representante Bescansa, y para ellas la custodia monoparental se convierte en una losa. Así es, Bescansa, que representa a esa hipócrita progresía, no es más que otra burguesita de buen apellido que, ya sea por una estúpida rebeldía, por aburrimiento –como tantos otros burgueses- o por motivos aún más viles, deciden entrar en el espectro siniestro –dicho en este sentido con la acepción de izquierda, no penséis mal- de la política. Así, cuando los diputados abandonaban el Congreso, la vimos salir con las manos aliviadas de cierta carga. Aquel día, su bebé no fue otra cosa que un atrezzo que usó, exhibió y luego guardó en el cajón.

Bescansa no es, por otra parte, diferente de todas esas neofeministas de estado. Mujeres que gritan a viva voz por el empoderamiento de la mujer, al tiempo que se convierten en caciques opresores de otras, en este caso, de niñeras sudamericanas. Porque es curioso que, cuando las neofeministas hablan de trabajo a las mujeres, utilizan publicidad engañosa. Siempre vemos a mujeres con planos enrollados de arquitecto en las manos, o con batas blancas y probetas y placas de Petri en la mesa, o en una oficina, con una imposible sonrisa en sus labios. Las neofeministas como Bescansa no piden que haya cuotas o paridad en el oficio de niñeras o en el de señoras del hogar. Mujeres como Bescansa, empoderadas siquiera antes de nacer, merced al apellido, quieren seguir teniendo a ecuatorianas que les cuiden los bebés –presumo- por un salario modesto. Muy modesto.






miércoles, 13 de enero de 2016

Cuestionar su palabra



Cuadro El Juicio de Salomon. Nicolas Poussin



Cuestionar la palabra de una mujer que se declara maltratada se ha convertido en algo prohibitivo, censurable, en un pecado religioso, en un tabú. ¿Cómo se puede ser tan desalmado para poner en entre dicho la acusación de una mujer que dice haber sido agredida, vejada y dominada durante años? ¿Qué clase de ser humano puede cuestionar su palabra cuando está denunciando un hecho tan grave? La mermada progresía que rige con inflexible puño de hierro la heterodoxia de lo políticamente correcto reprueba a cualquiera que cuestione a una mujer. Es entonces cuando me pregunto, ¿no es esa, justamente, la razón por la que se celebra un juicio? ¿No es, precisamente, porque se pone en cuestión la legitimidad de la acusación? 

El juicio -del latín judicare- se define como una discusión entre partes –en este caso entre una mujer que alega sufrir maltrato y un hombre que lo niega- y sometido a un tribunal […] Esto presupone la existencia de una controversia –es decir, de un conflicto-. Por otra parte, el tribunal –juzgado o corte- se define como un órgano público cuya finalidad es resolver el litigio –esto es, llegar a la verdad-. Por tanto, la mera existencia de un juicio ya supone cuestionar a la mujer que denuncia, lo que –populismos aparte- no significa decir que la mujer mienta. Cuestionar significa poner en duda –no negar ni afirmar- y supone el principio más básico en un sistema judicial que aspira a ser ecuánime, imparcial y que garantiza los derechos de los ciudadanos en cualquier Estado de Derecho. 

Si llevamos a la práctica esa “pragmática” prohibición –por parte de la merma, el “órgano” encargado de administrar lo políticamente correcto-, ¿para qué celebrar un juicio? Si no se puede ni se debe cuestionar la palabra de una mujer que denuncia ser maltratada, podríamos ahorrarnos abrir costosas diligencias. Reduciríamos gastos públicos con lo que nos ahorraríamos en jueces, fiscales, abogados de oficio, procuradores… La mera denuncia llevaría a la condena –en muchos casos, ya sucede-. Visto así, ¿alguien sigue pensando que cuestionar es malo? 

Las políticas de igualdad y, en especial, aquella dirigida hacia la violencia hacia la mujer, que tanta alarma y repulsa social provoca, se concibe con la clara intención de apelar a las emociones, que es, justamente, lo contrario de la razón. Así tenemos a una población en general –y a unos hooligan de la merma en particular- pensando con las tripas y dejando inédito el cerebro. Así que no, cuestionar la denuncia de un hecho delictivo –sea cual sea la gravedad de esos hechos- no sólo no es malo sino que es el principio básico de una justicia justa.






domingo, 10 de enero de 2016

¿Quién se esconde tras Barbijaputa?







Quienes bucean en la red social de Twitter, antes o después se tropezará con un personajillo anónimo, mediocre, vulgar, con un léxico limitado y un sentido del humor pobre e infantiloide. No, no hablo de Gerardo Tecé, sino de Barbijaputa. En una sociedad donde se galardona la mediocridad, Barbijaputa se ha labrado un nombre entre todas esas cuentas fakes que, mediante un “sentido del humor” pretencioso, presuntamente socarrón e ingenioso, supuestamente mordaz y sutil, se han convertido en los progres modernos. En unos tiempos donde la decadencia y el retroceso están a la orden del día, y se presenta en todos los aspectos de la sociedad y la cultura, estos gamberretes son la degradación de aquellos jóvenes que corrían delante de los grises en los sesenta. A este punto de decadencia hemos llegado. 

Pero, ¿quién se esconde tras el perfil de esa “traviesa” cuenta de Twitter? ¿Qué rostro se oculta detrás de esa “divertida” imagen de Barbie con dos cuernecitos de diablesa? Lo que se sabe de Barbijaputa es escaso y procede de la susodicha, a saber; es una mujer, azafata de vuelo (no he podido evitar dibujar una sonrisa al escribir esto último) y escritora de cuentos infantiles bajo el pseudónimo Lula Libe. 

Pero antes de intentar descubrir quién se esconde detrás de la irreverente articulista de Nacho Escolar conviene mencionar que la manera de escribir de cada persona es única, tan personal e intransferible como la propia huella dactilar. No hablo de grafología (es decir, el análisis comparativo de muestras de manuscritos) que, por otra parte, es una ciencia consolidada que, incluso, ha enviado a la cárcel a personas acusadas de delitos, con la misma certeza con la que se tratan pruebas dactilares o genéticas. Hablo en esta ocasión de la manera en que uno escribe, incluso a través de una máquina de escribir u ordenador. 

No hay dos personas que escriban igual, que se expresen de la misma manera, que sean inconfundibles al ojo experto. Incluso en personas nacidas en un mismo lugar (con las consiguientes coincidencias de expresiones y localismos propios de un pueblo o zona geográfica concretos), la manera en que uno escribe es tan propia como su perfil genético. El estilo sintáctico, morfológico, léxico y semántico de cada persona es como su huella dactilar.

Dicho esto, he podido apreciar bastantes coincidencias en los estilos expresivos de Barbijaputa y… su propio jefe, Nacho Escolar, director del Diario.es. Desde la utilización frecuente de ciertas expresiones o frases hechas como manzanas traigo, una expresión muy frecuente en ambos…




















…a nominar cigoto al embrión…







Así como tratar de manera compulsiva los mismos temas; machismo, sionismo, música alternativa… 

Aquí vemos una muestra de la animadversión de Nacho Escolar hacia los judíos en general y los israelíes en particular, dejando intuir en sus seguidores que su destitución de “Público” se debía a la influencia de los tentáculos sionistas en lugar de la mala recepción de Fuck Público. 






Todos recordaréis los desagradables tuíts de Barbijaputa sobre el Holocausto. 






Barbijaputa no es otra cosa que su alter ego gamberrete, con el que puede dar rienda suelta a su “sentido del humor” transgresor y “políticamente incorrecto”, sin mancillar su imagen pública. Nacho Escolar es una suerte de Clark Kent travesti que adopta la personalidad de una joven y atractiva azafata de vuelo (¿qué diría Freud al respecto?) para decir lo que no se atrevería a decir como Nacho Escolar. Este artículo no cuestiona la comodidad del armario de Nacho, del que no tengo el más mínimo interés en desahuciarle, sino señalar el absurdo de usurpar el rol de mujer para escribir en nombre de todas ellas sus reflexiones falofóbicas. Esto explicaría, además, el interés obsesivo de Barbijaputa para no mostrarse en público pese a que, a diferencia de otros tuiteros de éxito, ésta ha trascendido la famosa red social y trabaja (o eso, asegura) como reportera para Diario.es y cómo escritora de cuentos infantiles, así como su misteriosa ausencia en eventos como firma de libros. Nacho, se te ha visto el plumero, o la boa de plumas, japuto.







La verdadera historia de la Ley de Violencia de Género que no te han contado. En sólo dos minutos; AQUÍ



jueves, 7 de enero de 2016

Colonia sufre el choque de civilizaciones






Ya he hablado en incontables ocasiones del mutismo feminista ante ciertas agresiones que tienen como víctima a una mujer y victimario a un hombre. No haré una nueva mención a los polémicos casos de Juan López Aguilar, el condenado por agresión sexual Alfon y otros de la misma naturaleza. La actualidad se impone, superándose, rompiendo los batientes, y el neofeminismo (fagocitado por el Estado, prostituido en la más indigna de las servidumbres) vuelve a quedar, una vez más, en evidencia. 

La festiva noche en que los alemanes (y, muy particularmente, las alemanas) despedían el año 2015, en la ciudad de Colonia, anegada por el reciente tsunami de refugiados sirios, se producían más de cien denuncias por robo, agresiones físicas y sexuales y, hasta la fecha, dos violaciones. La mayoría de los perpetradores de las reportadas tropelías eran, según víctimas y policías, gentes de aspecto árabe o norteafricano y de edades comprendidas entre los 18 y 35 años. Por supuesto, y antes de que nadie alzara la voz de alarma (que, de momento, aún sigue sin alzarse), la izquierda, defensora a ultranza de la más inquisitorial corrección política, se apresuró a decir que era racista siquiera hacer mención a los terribles hechos acontecidos en la ciudad tudesca. 

Esta es una nueva muestra del fracaso de la multiculturalidad, de ver el mundo como quieren que sea, en lugar de como es en realidad. No aceptar que la idiosincrasia de cada pueblo, el choque de civilizaciones, a menudo hace imposible la convivencia. ¿Puede vivir en un país constituido en democracia alguien que antepone un libro sagrado a las leyes de dicho país? 

En mi reciente viaje a Madrid pude ver una enorme pancarta que rezaba Refugees Welcome. Por un lado, la aceptación de refugiados sirios por parte de Europa –ningún otro país del mundo musulmán ha aceptado, por cierto, acoger a ninguno de ellos- es una farsa del buenísmo izquierdista, una soplapollez hippie, otra manera de mostrar una moralidad de cartón piedra. La mayoría de las víctimas del DAESH siguen amenazados en Siria, y no tendrán posibilidades de huir. Acoger a un porcentaje ínfimo de sirios jamás solucionará el problema. Por otro lado, el choque de culturas. Como decía Ortega y Gasset, yo soy yo y mis circunstancias. Separar a una persona de su contexto sociocultural es un error cuyas consecuencias sufrieron ya cientos de personas la última noche del año. 

Es necesario entender que un europeo es, en cierto sentido, una persona que carece de un sentido de pertenencia ancestral a la tierra en la que nace. No son pocos los que se proclaman apátridas o “ciudadanos del mundo” y, para todos, al menos, viajar es sinónimo de cosmopolitismo. El viajero es visto como un aventurero, alguien que ha visto mundo, adquirido conocimientos y sabiduría. Más lo admiramos cuanto más lejos ha viajado, cuanto más exóticas son las tierras que ha pisado. Así pues, nuestra misma cultura nos alienta a viajar, y todos, incluso los más humildes, saben lo que es facturar maletas en un aeropuerto, cruzar una frontera, intentar hacerse entender en un rudimentario inglés con los autóctonos. Cualquiera puede, incluso, ahorrar un poco o pedir un microcrédito para recostarse bajo un cocotero en alguna playa del Caribe. 

No es la misma realidad que viven la mayoría de los habitantes del mundo árabe. Personas que tienen raíces que llegan hondas en la tierra en la que nacen. La mayoría de ellos viven y desean morir en la “tierra de sus padres”. No viajan por placer y sólo un poderoso motivo –en este caso la guerra- los puede sacar de sus ancestrales tierras. 

Pongamos de ejemplo a Hakim, un hombre de cincuenta años que nunca ha abandonado el lugar donde nació y que, empujado por el instinto de supervivencia, abandonó su país y se encuentra, de pronto, en un lugar donde las mujeres visten minifaldas, shorts, top escotados… ¿Alguien cree que puede estar preparado para procesar, para entender, para aceptar todo lo que le rodea? 

¿Cuántas turistas europeas viajan a Marruecos o Túnez y se visten con chilabas? Supongo que habréis conocido a muchas. ¿Cuántas mujeres árabes se ponen vaqueros ceñidos o pantalones cortos? La izquierda ha hecho de la más absurda e infantiloide corrección política su castillo, y desde su alta torre de cinismo e hipocresía proclaman que su moral es la más elevada. 

Lo que es cierto es que en Colonia se produjeron más de cien denuncias por agresiones sexuales –entre las que hay dos violaciones- y que el neofeminismo no ha dicho ni mú. Es curioso que seamos los “neomachistas” quienes defendamos a la mujer del machismo cultural de Oriente Medio.





domingo, 3 de enero de 2016

Neofeminismo, izquierda y otras formas de ser estúpidos




Tronos de los Reyes Católicos



Un lector escribió en mi blog que Franco era el culpable de que en la actualidad padeciéramos una izquierda tan inculta, jacobina, farisea y enfangada en ese estercolero de hipocresía que es la corrección política. Él sostenía que Franco fusiló a la izquierda culta, y la excrecencia que en la actualidad brota de ese lado del espectro ideológico es la herencia de los que sobrevivieron. En cierta manera tiene razón, pero el peor legado del franquismo fue, en realidad, la utilización de la historia como instrumento para atacar al enemigo. En esta España cainita, donde llevamos en la sangre la bronca, la envidia al prójimo, la condición humana más miserable, utilizar nuestra propia historia para continuar atizándonos fue, es y será parte de nuestra “odiosincrasia” como pueblo. 

Aunque rojos y azules han usado la historia con tan mezquinos propósitos, fueron los franquistas –por su condición de vencedores- quienes sistematizaron el empleo de la historia con fines propagandísticos. Así pues, no era raro ver anacronismos tales como los tercios viejos de Flandes portando pendones con las flechas falangistas, o a Rodrigo Díaz de Vivar el Cid, campeando en Valencia y agitando la bandera rojigualda, cuando España ni siquiera existía en el pensamiento de Fernando e Isabel. La izquierda actual, que nunca destacó por su sapiencia, relaciona entonces cualquier cosa que tenga que ver con la historia de España con Franco y el fascismo. 

Así pues, oímos cada día a imbéciles decir que el águila –blasón de los Reyes Católicos- fue una invención de Franco, que Cristóbal Colón fue un imperialista, que el Cid Campeador era un islamófobo y que los tercios de Cartagena eran fascistas. Incluso tipos ahogados en doctorados y matrículas de honor de esos centros de adoctrinamiento estatales que llaman universidades, como Pablo Iglesias, dicen tamañas imbecilidades. Ya sea porque las cree –en cuyo caso son inveterados imbéciles- o porque quieren agitar a masas ignorantes –en cuyo caso son manipuladores, populistas y autoritarios-. En cualquier caso, la izquierda española odia profundamente su propio país, porque han sido enseñados a odiarlo por sus padres ideológicos. 

Es esta misma izquierda quien ha convertido el feminismo en una religión. Sus dogmas, dictados por hombres machistas que se consideran legitimados por encima de las propias y supuestas agraviadas a abanderar la lucha, son incuestionables. Una férrea heterodoxia más propia de Torquemada que de un demócrata. Diciéndonos continuamente y –lo peor- sin fundamento cuán machistas somos, y esperar, además, que ese pueblo al que ellos tildan una y otra vez de misóginos depositen un voto en sus urnas. Que el PP haya ganado las elecciones después de una legislatura tan nefasta, que el PSOE haya sacado los peores resultados de su historia, no se debe a que España sea un país de fachas –esa es la burda estrategia mourinhista de culpar al árbitro por perder un partido-. Quizás va siendo hora de hacer autocrítica –buscad el significado de esa palabra en el diccionario, por si os habéis perdido- y reconocer que si la gente prefiere ver otra vez al bruto de Rajoy en la Moncloa es porque no convencéis. 


Unos estupendos versos de Joaquín María Bartrina dice así:




Oyendo hablar a un hombre, fácil es saber dónde vio la luz del sol. 
Si alaba Inglaterra, será inglés.
Si os habla mal de Prusia, es un francés 
y si habla mal de España… es español. 




Para ser justos –y que Bartrina perdone la corrección-, yo diría que si habla mal de España… es español y de izquierdas.