viernes, 30 de octubre de 2015

Las puertas giratorias del feminismo







Cuando hablamos de denuncias falsas, y la desidia (cuando no abierta negación) a la hora de investigarlas y perseguirlas, así como de infames leyes discriminatorias y anticonstitucionales como la Ley Integral de Violencia de Género, hablamos de “industria de género”. Pero, en realidad, no hacemos más que arañar la superficie.

No creo estar descubriendo la pólvora cuando afirmo que el feminismo se ha convertido en un negocio lucrativo, desvirtuando la naturaleza primigenia del movimiento que nació buscando la igualdad entre hombres y mujeres, pero nadie –un servidor tampoco- puede sospechar hasta qué punto el feminismo se ha convertido en una indecente industria que mueve millones de euros en concepto de subvenciones.

Y en este caldo de cultivo han proliferado individuos que han saltado del ámbito político al de asociaciones sin ánimo de lucro con una facilidad inquietante, y en una prodigalidad sospechosa. Cuando hablamos de las famosas puertas giratorias, se nos viene a la mente políticos que terminan en consejos de dirección de grandes empresas como Endesa o Gas Natural, pero este inmoral fenómeno también se produce en el feminismo.

El Instituto de la Mujer, dependiente del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, concedió 1.200.000 euros a diversas organizaciones feministas. La Federación de Mujeres Progresistas y Afammer lideraron la lista de asociaciones feministas que recibieron mayor cuantía (40.000 euros para la primera, y 37.500 para la segunda), pero no es la primera vez que ambas organizaciones se convierten en las principales beneficiadas en el reparto de subvenciones. Desde 2013, la Federación de Mujeres Progresistas y Afammer son las más valoradas por el órgano encargado de la asignación de subvenciones (la primera ha recibido más de 120.000 euros en los últimos tres años, por una cifra similar para Afammer).

Estos, sin embargo, no son los únicos ingresos provenientes del dinero público que reciben estas asociaciones. Afammer, por ejemplo, recibió más de 600.000 euros, según la base de datos de subvenciones, desde junio de 2014 proveniente del reparto de la casilla de la renta destinada a fines sociales.

Si este baile de cifras nos parece grotesco para un problema que nadie –más allá de los propios interesados- considera que justifique esa infame cantidad –que sale de nuestros bolsillos-, nos parecerá aún pero saber quién está al mando de esas asociaciones. La Federación de Mujeres Progresistas está presidida por Yolanda Besteiro, concejala socialista de Alcalá de Henares, y Afammer, la otra gran beneficiada del reparto de subvenciones del Instituto de la Mujer, por Carmen Quintanilla, diputada del PP en el congreso.

No son casos aislados. En Fundación Mujeres están –o han estado- socialistas como Elena Valenciano, Carlota Bustelo, Ángeles Álvarez o Purificación Causapié. Todo un entramado de puertas giratorias entre la política y las asociaciones sin ánimo de lucro que luchan por la igualdad –o lo que sea que hagan-.

Si el tema de las subvenciones y su reparto, a cargo del Instituto de la Mujer, es complejo y polémico, también lo son las exigencias de la organización feminista COMPI (coordinadora de organizaciones de mujeres para la participación y la igualdad) que hacen en su propia web.









En ella pide la eliminación de la exigencia de auditoría como criterio de valoración para recibir subvenciones públicas. ¿Por qué ese interés en que no se audite su organización?







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martes, 27 de octubre de 2015

La historia de Laura II






Laura ha entendido que ser feminista es mucho más que pertenecer a un movimiento; es un estilo de vida. Marta le explica que debe cuestionar todo los aspectos de su vida, producto de una educación patriarcal, y verlos bajo la visión liberadora de las gafas violetas. Laura nunca ha sido, precisamente, una cristiana devota –no pisa una iglesia desde que hizo la Primera Comunión- pero es ahora cuando se plantea el efecto nefasto de la religión en las mujeres. La religión es el opio del pueblo, le dice Marta, citando a Marx.

Pero Laura no tiene la capacidad crítica para observar que no ha hecho más que sustituir una religión por otra. El feminismo es una nueva religión, reconvertida en secta tributaria de otra aún mayor, el socialismo. Sus líderes políticos no son admirados como estadistas, sino adorados como dioses. Una suerte de credo donde figuras cuasi divinas recibe el pábulo de fervorosas muchedumbres. Marx, Engels o Lenin –incluso Stalin- no pueden ser cuestionados, profetas de una verdad absoluta y, sobretodo, única.

Laura conoce a Miriam, su cuñada, y de primeras no le cae bien. Eso le hace sentirse culpable, porque sabe que una de las estrategias del patriarcado es hacer que las mujeres se vean como enemigas; odia a las ex de tu pareja, odia a tu suegra, odia a cualquier mujer por cualquier motivo. Sergio, su hermano, nunca ha destacado por tener mucho carácter. Mira a su chica como profesándole culto, riendo como un idiota cada estupidez que dice. Miriam, por su parte, desprende una fuerza que desmiente su pequeña estatura y su nerviosa delgadez. Laura reconoce que su hermano es un pelele en manos de esa pequeña y autoritaria institutriz.

Meses después, Miriam revela una serie de tóxicas actitudes que parecer agriar perpetuamente el carácter de Sergio. Es egoísta, caprichosa y celosa, imaginando continuas afrentas a su orgullo. Más que la chica de su hermano parece su directora de orquesta. Esto desconcierta a Laura, porque siempre le han dicho que el sentido de posesión es intrínsecamente machista. ¿Puede una mujer creer que su pareja le pertenece?

Después de un año y medio de tortuosa relación, Sergio decide dejar a Miriam. Dos semanas después, una pareja de guardias civiles se presentan en la casa donde Laura y Sergio viven junto a sus padres, y éste es conducido a dependencias policiales. Laura está desconcertada. Cuarenta y ocho horas después, Sergio es puesto en libertad. Habrá un juicio por violencia de género.

En cualquier otra circunstancia, Laura se habría puesto del lado de la víctima –asumiendo, de manera inconsciente, que la denunciante ya es víctima por el mero hecho de denunciar- pero no puede evitar concederle el beneficio de la duda a su hermano. Sólo el 0,01% de las denuncias por violencia de género son falsas pero, ¿y si le ha venido a tocar, precisamente, a Sergio, como una lotería que nadie quiere ganar?

No hace falta investigar mucho para sacar a luz la verdad. Lee los mensajes amenazantes, como un demencial descenso a una mente grotesca y oscura, y no comprende cómo, a pesar de las evidencias, su hermano ha pasado cuarenta y ocho horas en un calabozo, y cómo la denuncia de una mente desquiciada y obsesiva ha podido ser escuchada por las instituciones.

En las siguientes reuniones con Marta y sus amigos, todos ellos feministas, no puede evitar discrepar en algunos de los debates –si se pueden llamar debate a un foro donde nadie se muestra en desacuerdo- y eso hace levantar más de un ceja suspicaz. Saben que su hermano ha sido denunciado por violencia de género, y ellos ya han sentenciado, por supuesto. Laura no entiende que en esas reuniones haya hombres que, de buena gana, han renunciado a su derecho a la presunción de inocencia. No entiende que un movimiento que defiende la libertad sea tan hostil con el pensamiento disidente o, simplemente, discrepante.

Laura empieza a ser tratada como un feminista de segunda. Cuestionan su compromiso. Dudan de su imparcialidad al posicionarse del lado de un maltratador, aunque sea su hermano y, sobretodo, no haya sido condenado por ningún delito. Empiezan con acusaciones veladas; mujeres como tú dividen el feminismo, mujeres como tú nos hace débiles, y le adjudican un adjetivo que nunca había oído, neomachista.

¿Cuántas Lauras hemos conocido a través de redes sociales? Hombres y mujeres que nunca habían cuestionado las bondades del feminismo hasta que se tropezaron con una de esas mujeres inescrupulosas y crueles que abundan con la misma prodigalidad que los hombres, hasta que sufrieron la humillación de ser encarcelados por una acusación, separados de un hijo o nieto, desahuciados y despojados de las más elemental dignidad. A todas esas Lauras y Sergios recibimos, y les decimos que no están solos.





Heil Macarena. Lo que silencian los medios AQUÍ





La historia de Laura: Primera parte AQUÍ





sábado, 24 de octubre de 2015

El feminismo de Pablo Iglesias



Pablo Iglesias, Jordi Évole y Albert Rivera. 



En el pasado debate entre los líderes de los dos principales partidos emergentes; Pablo Iglesias y Albert Rivera, el árbitro, Jordi Évole, preguntaba quién les había acompañado. El líder de Ciudadanos mencionó los nombres de tres asesores varones, mientras que Iglesias citó a tres asesoras. Évole preguntó (y en su tono se apreció cierta intención de cuestionar al político catalán) sobre el hecho de que se rodeara de tantos hombres.

Entonces, Pablo Iglesias (queriendo anotarse un tanto) dijo que se rodeaba de mujeres porque ellas trabajaban mejor. Analicemos la frase con detenimiento. Vivimos en una sociedad tan “patriarcal” que decir en un medio público que la mujer es más eficiente y productiva en el trabajo no genera la más mínima reacción. Imaginemos por un instante que es Albert Rivera quien dice me reúno de hombres porque trabajan mejor que las mujeres. ¿Cuál habría sido la reacción de esta “sociedad machista”?

Empezando por el propio Évole (a quién, de seguro, no le habría pasado por alto dicho comentario), siguiendo por las redes sociales (puedo imaginarme toda suerte de criaturas de Twitter insultando a Rivera con el hashtag “#machofacho”). Pero no, Iglesias menospreció al hombre, y eso –sabemos- no causa reacción alguna.

Pero no nos quedemos en la superficie; ¿qué esconde la afirmación de Iglesias? Un pensamiento nada feminista (casi diría, en realidad, que es bastante ofensivo hacia la mujer). Podemos apreciar, si entrecerramos un poco los ojos y arrugamos el ceño para ver mejor, que ese comentario es claramente condescendiente hacia la mujer.

Imaginemos que un adulto y un niño de tres años compiten en un concurso de dibujo. Es evidente, por poco diestro que sea el adulto, que su dibujo será superior, sin embargo, todos diríamos –al menos, delante de ellos- que el dibujo del pequeño es claramente mejor. ¿Por qué lo diríamos? Primero, para congraciarnos con el niño, y segundo, porque sabemos el adulto no se enfadará.

Ese es el feminismo de Iglesias (y el que pulula en el lado izquierdo de la política de este país), un feminismo condescendiente con la mujer, cuál ser infantil al que hay que alabar en público simplemente porque sabemos que “el adulto” no se va a enfadar. Ese feminismo infantilizador del que estamos ya tan acostumbrado.

Pero, además, el feminismo de Pablo Iglesias es hipócrita (como el de la izquierda en general), porque hablamos de un partido político que tiene un campo de nabos como directiva (el propio Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón y Pablo Echenique). En sus acciones, y no en sus palabras condescendientes, es donde vemos la verdadera noción del feminismo de Pablo Iglesias. Cabe recordar, que el partido hermano de Podemos en Grecia, Syriza (en el que el propio Pablo Iglesias colaboró en su campaña electoral), formó gobierno sin ninguna mujer al frente de sus doce ministerios. Es decir, Pablo, las mujeres trabajan mejor, siempre y cuando seáis hombres (nótese que lo digo en plural) quienes detentéis el poder y toméis las decisiones realmente importantes.

Conclusiones; los hombres feministas creen que las mujeres son más eficientes, siempre y cuando manden ellos. Que la sociedad española es profundamente patriarcal, pero no reacciona ni con una triste tendencia ante menosprecios públicos de líderes políticos. Y que el feminismo de fachada y pose de la izquierda contenta a la mujer con las bonitas frases que los adultos dirigimos a nuestros niños para que no se enfaden.






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miércoles, 21 de octubre de 2015

La historia de Laura



Secuencia de Alicia en el pais de las maravillas de Disney. 



Laura acaba de licenciarse. Ahora puede anotar, con orgullo, que es licenciaba en marketing y publicidad en los currículos que repartirá por todas las agencias de la ciudad y allende los mares, si es necesario. No ha sido un camino fácil, juzga, también con orgullo, echando la vista atrás. Laura recuerda aquellas noches de desvelo, armada con un termo de café, y los nervios que casi le hacían vomitar cuando se jugaba una asignatura a un solo examen. Los apuntes interminables, las fiestas perdidas por “labrarse un porvenir” y el denodado esfuerzo tienen ahora recompensa.

Pero una y otra vez le dan respuestas esquivas, en el mejor de los casos, o recibe como contestación un silencio helador, en la mayoría. Para pagar el alquiler cambia el destino de sus currículos por el de empresas hosteleras, y trabaja diez horas al día como camarera mientras sigue intentando, cada vez más desesperanzada y suspicaz, que alguna agencia de publicidad le responda a su bombardeo de currículos. La realidad le acaba de dar una hostia en las narices.

Por otra parte, Laura nunca ha sido especialmente bonita –aunque tampoco se le puede considerar fea-, pero la imagen que le devuelve el espejo nunca le agradó del todo. Es consciente de que se juzga de una manera excesiva –hay cientos de chicas más guapas, sí, pero también hay decenas de chicas que querrían estar en su pellejo-, sin embargo, no puede evitar ser tan estricta al evaluar su propio aspecto. Odia ese excesivo volumen en su cintura, los tobillos -algo anchos según su severo escrutinio-, y la redondez de su cara. Pero Laura ni siquiera es consciente que el verdadero origen de esa nula aceptación se debe más a su frustración laboral que a su imagen.

Laura ha conocido a Marta en su trabajo en la cafetería. Le parece una chica enérgica y vitalista, y como cita constantemente a Wilde o Virginia Wolf concluye que es muy culta. Terminan hablando de feminismo, y Marta le convence para asistir a una reunión feminista. Por supuesto, Laura ya conocía ese movimiento. Al menos, tenía un concepto vago de él, pero Marta le habla en profundidad del patriarcado, el gran enemigo, presente en todas las facetas de la vida, tanto en la pública como en la privada, en la profesional como en la afectiva. El mensaje seduce a Laura, deprimida y vulnerable por los recientes reveses laborales y su escasa auto-aceptación, pues durante estos grises meses de su vida ha tenido la sensación de enfrentarse a un enemigo invisible. Una suerte de adversario fantasmal que parecía deleitarse zancadilleándola y al que ahora puede poner nombre y, por tanto, combatir.

Marta le explica que el patriarcado es el culpable de que no haya encontrado trabajo en aquello para lo que ha invertido tanto esfuerzo e ilusión. Le habla de la brecha salarial, del techo de cristal, de los puestos de poder, siempre en manos de los hombres. Por supuesto, sólo le aporta datos y estadísticas de estudios feministas, elaborado por feministas para sus asociaciones feministas. El mensaje cala rápido en Laura, y el éxito de esa fácil asimilación se debe a que entiende que su problema no es por culpa de su probable mediocridad, de su posible escasez de talento, o de la enorme competitividad laboral que existe en el mundo de la publicidad, sino que es culpa del patriarcado. Empieza a ser inundada de una autoestima basada en una falsa idea, pero nunca había experimentado esa embriagadora sensación de autoaprecio, y eso le hace sentir bien.

Marta también le habla del por qué no se acepta cuando se mira en el espejo. Le dice que es una estrategia del patriarcado –ese omnipresente patriarcado- para controlar, para dirigir, para someter a la mujer a través de su aspecto. Le dice que los cánones de belleza son imposiciones de la sociedad, que nos inoculan a través de las preciosas actrices de cine, y las cantantes, y la publicidad. Le habla de la cosificación sexual, incluso de una “cultura de la violación”, perfectamente pensada y organizada por el patriarcado para subyugarlas. Le dice que ella es bella tal y como es –aunque no le dice en ningún momento que un hombre bajito, gordo y calvo es bello- y le anima a que no acepte el engaño de los cánones estéticos –también se le olvida comentar que los hombres también se ven afectados por esos mismos cánones, que les hace someterse a tortuosas rutinas de gimnasio, y dietas proteicas brutales, y que también les preocupa cosas como la caída del pelo-. Marta sólo le habla de mujeres -el feminismo sólo habla de mujeres- aunque sus acciones afecten también a los hombres.

Una vez le habla de los “grandes machismos”, Marta le pide a Laura que se ponga las “gafas violetas” para detectar los “micromachismos”. Le dice que son todas aquellas pequeñas acciones, que en una sociedad machista como la occidental, pasan desapercibidas pero que influyen de manera decisiva en la perpetuación del patriarcado. A medida que Marta va instruyendo a Laura, ésta empieza a “comprender” que todo lo malo que le ha pasado en su vida ha sido culpa, única y exclusivamente, de ese patriarcado.

Con las rígidas gafas violetas puestas, Laura empieza a “darse cuenta” de que ha estado rodeada de machismo toda su vida. El chico que la insultó en tercero de la ESO fue por ser mujer, aquel profesor de primero de carrera que cuestionó su talento lo hizo porque era machista, todos esos noes que ha recibido de las agencias de publicidad ha sido porque prefieren contratar a hombres (a los que, paradójicamente, pagarán sueldos más elevados).

Ahora que tiene las gafas violetas puestas no puede dejar de ver machismo en todas partes. Sus amigos, a los que antes tanto apreciaba, no dejan de hacer comentarios machistas, y cuando ella defiende con fervor las virtudes del feminismo, con esa pasión desmedida propia de los nuevos conversos, la miran como si vieran a un integrista musulmán. Laura concluye que son machistas. Claro, ¿cómo no van a ser machistas si han sido criados en una sociedad machista?

Laura es ahora feminista. El feminismo, como haría cualquier secta, la ha captado cuando se hallaba vulnerable y frustrada. El patriarcado le ha dado sentido a su vida, porque tiene a quien echarle la culpa de absolutamente todo. Entró en círculos feministas sin tener un gran bagaje cultural, y eso le hizo estar indefensa ante todas esas mujeres “cultas” que citaban a Emma Goldman y Simone de Beauvoir, y que pronunciaban conceptos tan exóticos como micromachismo, posmachismo, falocentrismo, cultura de la violación o machismo capitalista. Ahora ella misma repite como un mantra todos esos axiomas que le han vertido, sin siquiera cuestionarlo. Sin siquiera someterlo a un juicio crítico.

¿Cuántas “Lauras” existen en este país? Seguro que todos os habéis tropezado alguna vez con personas como ella. La gran mayoría de feministas activistas y militantes en asociaciones feministas tienen una historia similar detrás. Gente débil emocional y culturalmente, susceptibles de ser captadas. De ahí que sea tan difícil (sino, virtualmente imposible) hacerles entrar en razón, porque como decía Mark Twain, es más fácil engañar a la gente, que convencerlas de que han sido engañadas.





La historia de Laura; Segunda parte, AQUÍ




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domingo, 18 de octubre de 2015

Hablamos con... Joaquín Campos







Hablamos sobre feminismo y la poco “publicitada” situación de indefensión del hombre que da el sí, quiero -en China y en España- con Joaquín Campos, escritor y cocinero malagueño, trotamundos –ha recorrido, en especial, Asia-, radicado actualmente en Camboya.

En una entrevista para El Mundo, no prodigó en afectos hacia la cultura China, a la que –muy a su pesar- llegó a conocer muy bien. Con tres libros publicados (contó con la presencia de Sánchez Dragó en la presentación de una de sus obras), Joaquín se desempeña con notable destreza entre fogones y teclas.


Agradezco a Joaquín la entrevista para El Tivípata:  



Hola, Joaquín. Se habla mucho de lo patriarcal, tradicional y machista que es la sociedad china, pero en una entrevista para el periódico El Mundo dices textualmente que casarse en China es “Tener que preñarla al instante, pagar la boda, comprar una vivienda a sus padres o permitirles la convivencia bajo tu mismo techo, mantener a la familia, hacer vida de paria visitando a diario joyerías y centros comerciales […] y en resumidas cuentas: arruinarte, disminuirte, despreciarte.” ¿La sociedad china es tan machista en la vida conyugal como nosotros percibimos? 

La sociedad china, proporcionalmente a su desidia cultural y falta de respeto en general, no es tan machista. La mujer, salvo en los cargos oficiales del Partido Comunista chino, donde prácticamente no ostenta cargo alguno, forma parte de una sociedad realmente equilibrada. Pero por donde se desangra es por esa herencia denigrante de Mao y sus secuaces, donde por tener una hija te arruinabas de por vida –de ahí que aún hoy día se maten a niñas recién nacidas o se vendan a occidentales cuando no abortan directamente sobre un terraplén–, lo contrario de cuando dabas a luz a un hijo. De ahí la sabiduría envenenada de cientos de millones de chinas que saben que casarse es un negocio para ellas y, muy especialmente, para sus familias. En China, para el que no lo sepa, hay que pagar por casarse con una dama: o una cantidad a la familia o comprarles una vivienda o ambos asuntos. Aún espero que la vendida corporación de corresponsales patrios en China se decida a realizar un reportaje sobre los miles de casos de muchacha china que estafa a extranjero, lo deja sin dinero, sin casa, sin visado, y además, sin opciones de ver a ese hijo o hija único que crecerá entre unas tradiciones cuanto menos poco saludables, a la par de su contaminación extrema. 



¿Está el hombre chino en una situación de vulnerabilidad cuando se casa con una mujer china? ¿Y un español? 

La vulnerabilidad es general, pero el español siempre lo pasará peor, por una sencillísima razón: la justicia china es racista y en caso de conato de problema entre matrimonio formado por nativo y extranjero SIEMPRE saldrá ganando el nativo. 






Criticas la situación de muchos españoles casados en China. ¿A qué se enfrentan cuando dan el sí, quiero

Ese “sí, quiero”, en realidad, para sus adentros, es en realidad un “sí, follo”; porque nadie es capaz de reconocer que la mayoría de los extranjeros que se casan en China, o en el sudeste asiático o en África o en Sudamérica, lo hacen por falta de polvos, de te quieros y de cualquier asunto que tenga que ver con el afecto ajeno, los noviazgos y el hartarte de practicar el acto sexual. Mi teoría es clara: si el sexo fuera como el comer, que cada ciudadano lo hiciera cada día, repetidas veces y con personas distintas, las bodas no existirían. De hecho imagino que los que defendieran en esa situación las bodas serían encarcelados como herejes del placer, como organizadores de sectas peligrosísimas. 



También te quejas que los “sumisos reporteros” de programas de viaje no hablan de lo que tu llamas timos matrimoniales, ¿a qué crees que se debe esa ausencia de información?

Probablemente porque ellos también aceptarían casarse con la primera que les dijera “te quiero”.



¿Cómo valoras el tratamiento de los medios aquí en España (en especial, televisión) sobre la violencia doméstica? ¿Recibe el hombre un trato justo de los medios?

Cada hombre que agrede a una mujer –y ya no digamos nada cuando la mata– debería ser encerrado en una celda de por vida. Pero claro, ¿acaso genera menos pecado el agredir a tu compañero de trabajo? ¿O a tu primo? Yo creo que el delito no es sexista, por lo que me río de los avances de la justicia española, que de la mano de los medios de comunicación, no mete el dedo en un asunto evidente: ¿alguien tiene a mano el dato de las denuncias falsas presentadas por mujeres contra sus parejas para quedarse con la custodia de los hijos, acaparar todos los bienes inmuebles y lo que te rondaré morena que desembocaron, en algunos casos, en el suicidio del falso culpable o al menos en su ruina hasta el día de su muerte natural? 



Teniendo en cuenta que el protagonista de tu novela Faltan moscas para tanta mierda es un “putero” y tiene una relación “complicada” con las mujeres, ¿has percibido alguna reacción o crítica adversa desde el feminismo?

Sí, pero me la suda. Yo nunca me fiaría de una asociación. O mejor dicho, yo nunca me fiaría de cualquier asociación, ya sea de feministas recalcitrantes como de cocineros vascos que se encierran en un txoco a contarse sus falsos éxitos vitales. Porque en ambos casos, y ahí está el quid de la cuestión, cuentan sus polvos y sus amores con los dedos de una mano. Y un ser humano que no quiere ni folla puede llegar a ser más peligroso que el jefe de Al Qaeda drogado hasta las cejas. 



Criticas que el Instituto de la Mujer ha tenido once directoras y ningún director, y acusas a la fundación de sectarismo. ¿Qué opinión te merece el feminismo actual en España?

Lo acabo de comentar: no me fío de ninguna asociación, que si las auditaran, podríamos llegar a asociarlas más a sectas que a agrupaciones con sentido humanitario, o al menos común. Una feminista, como dije hace poco, es lo más parecido a un Ultra Sur.










En la biografía de tu perfil de Twitter cuentas que tienes tres libros publicados, un árbol plantado y cero hijos. ¿Es una decisión consciente o, simplemente, no se ha dado el caso?

Yo casi todo lo hago inconscientemente, como esta entrevista, pero eso no quiere decir que a cada año que cumplo menos ganas tenga de ser padre, lo que en el fondo, y aquí necesitaríamos un debate abierto en un aula magna, con árbitros y televisiones, no es más que un atraso del ser humano, que aún siendo persona, sigue trayendo gente a un mundo que se encharca, se pudre, se abarrota, se envilece, o a fin de cuentas, se acaba. 



¿Crees que aquí en España el hombre está en una situación de indefensión o vulnerabilidad cuando se casa y tiene hijos?

No, está en una situación de indefensión y vulnerabilidad cuando decide separarse, que muchas veces ni siquiera es asunto suyo, sino de ella. 



Algún comentario que quieras hacernos sobre algún aspecto del feminismo o las mal llamadas “políticas de igualdad”.

Que todo el mundo tiene los mismos derechos pero que desde que nacemos cada uno de nosotros –hombres, mujeres, travestis, lo que marque el futuro– elegimos un camino diferente; y que tomar decisiones en base al sexo –me niego a decir género a no ser que hablemos de productos pedidos para un supermercado o restaurante– me parece una imbecilidad, como si matar a catorce personas que esperan a su autobús bajo su marquesina fuera un asunto de sexos. Y eso sí, paguemos por el mismo trabajo a un hombre y a una mujer, pero no convirtamos el medio laboral en un prostíbulo más, que en Camboya la jefa de UNICEF hasta hace poco era yemení y señora, asunto que me llamó tanto la atención que al pedir explicaciones recibí las siguientes: “Es por lo de las cuotas”. Las cuotas, para el que no lo sepa, obliga a que cargos de la ONU y de UNICEF, entre otras bromas pagadas con dinero público, se vean obligados a contratar a señoras de países donde la mujer no pinta una mierda, como es el caso de Yemen. Y entonces te encuentras con responsables de asuntos supuestamente vitales, o al menos muy importantes, que no están ahí por sus méritos sino por su sexo y su procedencia. Algo así como si en Occidente a un adolescente eritreo manco y sin estudios le dieran el Nobel de Literatura. 













jueves, 15 de octubre de 2015

Beatriz Gimeno


Beatriz Gimeno



La bloguera Barbijaputa denunció el miedo que, según su nada alarmista y psicótica retórica, viven las mujeres a ser violadas a deshoras, pero su sectarismo le impide ver el miedo que sentimos muchos hombres a bajar tranquilamente a comprar el pan y ser abordados por Beatriz Gimeno al grito de ¡machista neoliberal!

Según las últimas estadísticas de ONU mujeres, el 77 % de los varones de entre dieciséis y sesenta y seis años han sufrido ser llamados machistas por Beatriz Gimeno al menos veintitrés veces en su vida. Nacida en 1962, milita en asociaciones feministas desde 1988, fecha en la que renunció a tener un trabajo serio y respetable sine die.

Es conocida por su análisis de la historia desde una perspectiva feminista-lesbiana, lo que se traduce en tener más imaginación que Julio Verne. Su persistente y misteriosa intención de lesbianizar a toda la sociedad la convierte en una observadora un tanto parcial, en lo que a historiar se refiere. Estas son algunas de sus sentencias:



“Un mundo lésbico es la solución.”



Por supuesto, Gimeno. ¡Has dado en el clavo! La solución a todos nuestros problemas no es una mejor educación, inculcación de valores éticos y morales, potenciar la inteligencia emocional y la empatía y promover la cultura. Tampoco crear unos medios de comunicación objetivos y una prensa y medios informativos con ética, ni incentivar a la participación política, manifestarnos contra la corrupción política y los comportamientos antiéticos de los políticos, ni exigir la separación e independencia del poder judicial. ¡No! La solución a nuestro mundo es crear una maravillosa sociedad lésbica. Y de paso creamos guetos sexuales o, mejor aún, dividamos la Tierra en hemisferios femeninos y masculinos y vivamos segregados.




“La heterosexualidad no es la manera natural de vivir la sexualidad.”




Tal vez sea atrevido asumir que has nacido fruto de una insana relación heterosexual, Gimeno, y que debes tu improductiva existencia al hecho de que una persona perteneciente a la casta privilegiada de los hombres le introdujo su carajo en los genitales de tu madre. Viéndolo desde esa perspectiva, es posible que tengas parte de razón cuando dices que la heterosexualidad no es una manera natural de vivir la sexualidad, pues por culpa de ella, o lo que podríamos considerar mala praxis sexual, no nos hemos privado de tu maravillosa existencia. Aquí es conveniente recordarte que el cincuenta por ciento de tu material genético estuvo atrapado y oprimido en los huevos de un hombre.


“Se sabe que cualquier mujer puede ser lesbiana.” 



Se sabe. ¿Quién lo sabe? ¿En qué estudios científicos serios te basas para afirmar, como si se tratase de una ley científica ya demostrada, que cualquier mujer puede ser lesbiana? ¿Qué significa “puede”? ¿Quién fue el inveteradamente imbécil que dijo que la condición sexual es una elección? ¿Se puede elegir ser heterosexual u homosexual?




“Voy a hacerte sentir mujer es como decir voy a violarte.”




Beatriz Gimeno también es experta en lenguaje subliminal y lectura entre líneas. Qué completita.




“[…] las mujeres, en cualquier época de la historia, habrían evitado relacionarse con hombres si hubiesen podido […]”




“En cualquier época de la historia”. Tal vez haga referencia a la encuesta que hizo el CIS sobre las mujeres del Imperio Romano en el siglo II después de Cristo.


Beatriz Gimeno, ¿cómo se siente al odiar a la mitad de la población mundial? Eres una grotesca caricatura de ti misma.      










lunes, 12 de octubre de 2015

Jesús y las mujeres







¿Era Jesús machista? ¿Cómo era la relación de Jesús con su familia? ¿Era María virgen? ¿Estaba Jesús casado? Todo lo relacionado a Jesús y su relación con las mujeres es objeto de intenso debate. Leyendo al catedrático Antonio Piñero, experto en cristianismo primitivo, voy a intentar arrojar una pequeña luz sobre las preguntas arriba expuestas.

Desde una rama del feminismo, que podríamos llamar feminismo confesional (no, no todo el feminismo es anticlerical), se dice que Jesús de Nazaret fue el primer feminista de la historia. Aunque esas absurdas teorías caen del lado de la fantasía y no pueden ser tomadas mínimamente en serio, es obvio que Jesús no fue un rabino al uso, y que tuvo una relación inusualmente estrecha con las mujeres.



¿Era Jesús machista?

Para poner en contexto, los rabinos de Galilea del siglo I (coetáneos de Jesús) tenían poca o nula relación con mujeres (más allá de su esposa) debido a que ejercían una labor pública, mientras que las mujeres, en su mayor parte, eran relegadas a la vida doméstica. Jesús, en cambio, siempre estuvo rodeado de mujeres que le seguían desde Galilea, citando textualmente los evangelios. Esto es, que le seguían casi desde que inició su ministerio.

El Génesis es el libro de la Biblia que narra la Creación. Los historiadores sugieren, no obstante, que el Génesis era, en realidad, una recopilación de textos escritos a lo largo de varios siglos del primer milenio antes de Cristo y, por tanto, tuvo numerosos autores. Así, aquella variedad de textos dejó numerosas contradicciones, productos de solapar una versión sobre otra anterior. En el mito cosmogónico de la Creación, podemos leer que Dios hizo al hombre, macho y hembra los creó y, a continuación, nos narra el mito de la costilla de Adán.

Así pues, tenemos dos versiones diferentes de la creación en un mismo texto. La primera, nos cuenta una versión igualitarista de la creación; Dios hizo al hombre (en el sentido de homo, es decir, humano), macho y hembra los creó. La segunda es una versión profundamente machista, pues la mujer es presentada como un complemento, un ser humano secundario, que ha nacido del hombre (de la costilla de Adán).

¿En cuál de las dos versiones creía Jesús? Cuando el galileo predica a sus seguidores, hace referencia a la primera de las versiones del Génesis (aquella en que Dios hizo al género humano macho y hembra). Es decir, Jesús pensaba que el hombre y la mujer habían sido creados por Dios de la misma manera.

Como hemos dicho anteriormente, los rabinos del siglo I después de Cristo (contemporáneos a Jesús) no tenían relación con mujeres y, según los evangelios, Jesús estaba permanentemente rodeado de ellas. ¿Significa esto, sumado al hecho de que aceptaba la versión “igualitarista” de la Creación, que Jesús no era machista? No del todo.

Jesús no creía en el divorcio, salvo en los casos en los que (cito, textualmente) el marido pesca a la mujer en adulterio. No hace mención alguna de qué el divorcio sea lícito si se da la circunstancia inversa.

Por otra parte, esa misma creencia sobre el divorcio, así como sobre la versión igualitaria del Génesis, era compartida por los esenios, un movimiento judío que tenían una concepción bastante machista de la mujer. Jesús, por su parte, era (con toda probabilidad) de la comunidad judía de los fariseos (aunque los criticó duramente a lo largo de su ministerio), pero con obvias similitudes con los esenios.

Se puede decir, por tanto, que Jesús era (probablemente) menos machista que la mayoría de los rabinos de su tiempo, pero no estaba exento del machismo común en la época.



¿Cómo era la relación de Jesús con su familia?

Que Jesús tenía hermanos y hermanas no es ningún secreto. Tanto en los evangelios canónicos (Mateo, Lucas, Marcos y Juan) como en los numerosos evangelios apócrifos, los textos que hacen referencia a los hermanos de Jesús son tan numerosos que su certeza parece evidente.

Teniendo en cuenta que la Iglesia sostiene la virginidad de María, y que Jesús era el hijo unigénito de Dios y, por tanto, el único nacido sin intervención masculina, ¿cómo pudo tener María otros hijos?

La respuesta es sencilla; el cristianismo primitivo sostenía que María fue virgen cuando concibió a Jesús (para así justificar el nacimiento prodigioso del hijo de Dios), pero no especifica que después siguiera conservando la virginidad. De hecho, en algunos textos se sugiere que María, luego de concebir al hijo unigénito de Dios, “usó” su matrimonio. Esto es, tuvo más hijos de manera natural.

Al parecer, y según numerosos textos (tanto canónicos como apócrifos), María y sus hijos no aceptaron (por lo menos al principio) la misión ministerial de Jesús, al que buscaron pensando que se había vuelto loco. Cosa normal cuando un albañil y carpintero abandona su pequeño taller y se dedica a predicar por los caminos.




¿Estaba Jesús casado?

La imagen de Jesús como célibe fue muy posterior a su muerte. En el siglo I después de Cristo, los rabinos no tenían ningún impedimento para tomar esposa, por lo que no hay ninguna razón objetiva por la que Jesús no fuera casado o, tal vez, viudo. En algunos textos apócrifos le hacen marido de una tal Salomé, de la que cuentan que comió en su mesa y ascendió a su lecho. Una manera de decir que contrajeron matrimonio. En otros textos lo relacionan sentimentalmente con una tal María de Betania, o la famosa María Magdalena, con la frase de Jesús amaba a María Magdalena más que a cualquier otra mujer.



Aunque todo lo relacionado con Jesús oscila entre la historia y la fe es, sin duda, sumamente interesante. Con alrededor de dos mil libros publicados al año en torno a su figura es, de lejos, el personaje sobre el que más tinta se ha vertido y, al mismo tiempo, uno de los más misteriosos de nuestra historia.






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