lunes, 31 de agosto de 2015

El feminismo y el Ku Klux Klan







Recomiendo un estupendo artículo en el que un bloguero analizaba el concepto de “neomachista” según una enemiga del patriarcado. Encontré especialmente interesante algunas de sus reflexiones, que he desarrollado a continuación (no dejéis de leer el artículo al que hago referencia).


En el continuo proceso de criminalización masculina al que nos somete la machacona y repetitiva retórica feminista, está el persistente interés por convencer a la sociedad de que el hombre es un potencial agresor sexual. Es la llamada “teoría de la cultura de la violación” o, sencillamente, “cultura de la violación” (para la pseudo-ciencia feminista ni siquiera es una teoría, sino un hecho probado) y que consiste en creer que la violación o abusos son comportamientos aceptados por la sociedad. ¿Quién es el científico que realiza los estudios de género? ¿Flipy?


En la teoría de la cultura de la violación, la sociedad abala o normaliza las agresiones sexuales con comportamientos aceptados tales como la culpabilización de la víctima, la trivialización de la violación o la cosificación sexual. Sin ninguna base científica, sin ningún estudio antropológico o social, y sí con bastante desvergüenza y mucha misandria, dicha teoría asegura que el piropo o la atracción sexual hacia la mujer fomentan la cosificación sexual que, en últimos términos, y como hemos dicho anteriormente, sienta las bases para la cultura de la violación. ¿Piropear a una mujer fomenta o avala que se cometan agresiones sexuales?


La criminalización de conductas no invasivas como el piropo, o el mero hecho de seguir con la mirada el escote de una mujer atractiva que pasa por nuestro lado, no es inocente. Es un intento de mostrar una imagen del hombre como un ser hipersexualizado, incapaz de contener sus pulsiones sexuales y, por tanto, agresor en potencia (de nuevo, la indecente e insistente campaña de criminalizar al hombre). Pero, ¿es la primera vez que se utiliza la sexualidad como herramienta para discriminar a un grupo humano concreto? Lo cierto es que no.


En Estados Unidos, en especial a principios del siglo XX, un grupo prejuicioso e integrista como el feminismo (el famoso Ku Klux Klan), sostenía la idea de que el hombre negro era un ser, por naturaleza, hipersexual y, debido a su desmedido deseo sexual, suponía una amenaza permanente para la seguridad de las mujeres blancas. Tamaña imbecilidad fue aceptada en los pueblecitos de Missisippi, Alabama y Georgia, fuertemente influidos por la retórica del KKK, pese a que, en realidad, quienes cometían más abusos sexuales a mujeres negras eran, precisamente, los caballeros blancos de la triple K.


Es espeluznante el parecido entre la retórica feminista y la del Ku Klux Klan, y la similitud de sus campañas de odio.

Por otra parte, hago mención al común argumento dispensado por la abyecta ideología feminista sobre el hecho de que el hombre es una casta con privilegios, sosteniéndose en el dato de que el 90% de las personas que ocupan posiciones de poder (altos cargos públicos, banqueros y empresarios) son hombres. Este argumento, que aunque puede ser convincente para el no iniciado, es una falacia conocida como apex fallacy (si alguien conoce su traducción al castellano, le agradecería que lo pusiera en la caja de comentarios) que consiste en utilizar un dato de una minoría para extenderlo al resto del grupo en cuestión. Es decir, como el 90% de la minoría que ostenta el poder son hombres, todos los hombres poseen privilegios especiales. Sin embargo, el bloguero Gaueko identifica esa falacia y desmonta el argumento con insultante facilidad. El 90% de los indigentes también son varones. Utilizando la misma falacia, ¿podríamos deducir que el hombre es una casta oprimida y terriblemente discriminada porque la mayoría de los sin techos son hombres? Así es la retórica feminista…



Aquí el enlace del artículo al que hago referencia.




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sábado, 29 de agosto de 2015

Madre no hay más que una






El caso que aquí presento es excepcional, incluso en el terrible ambiente de desigualdad sexual que se respiran en los juzgados españoles, pero no deja de ser producto de una sociedad polarizada, en constante y alarmante proceso de idealización –casi beatificación- de la mujer y criminalización del hombre.

Con la primera denuncia por violencia de género, Iván pasa la preceptiva noche en el calabozo. A su regreso a casa, descubre que su mujer ha decidido dejar las hijas de ambos bajo su custodia –pese a que, poco antes, le había acusado de maltratador-. La razón; había encontrado el amor con un desdichado, y precisaba soltar lastre. Poco después, la indecisa madre vuelve para reclamar la custodia de las hijas a las que había renunciado antes, y el juez concede su petición. Es entonces cuando comienza un infierno de malos tratos a las pequeñas y abandono de responsabilidades maternas –la mayor precisaba de una medicación que su progenitora no le proporcionaba-. Iván reporta a las autoridades la situación padecida por sus hijas, y reporta una agresión que él mismo ha sufrido en un supermercado. La fiscalía desoye las reclamaciones de Iván, aunque la indecisa progenitora vuelve a deshacerse de las pequeñas, manteniendo un régimen de visitas –y de violencia-.

Ante la desidia de las autoridades –o el abierto rechazo a sus denuncias- y mal asesorado, Iván comete el error de trasladarse con sus dos hijas para huir del infierno en que su exmujer parece haberse empeñado en convertir sus vidas. Por orden judicial, las niñas son arrebatadas de su padre e internadas en un centro de menores, sin ningún tipo de informe o seguimiento. La madre se presenta en el mencionado centro y se reúne con sus hijas –pese a la férrea oposición de éstas- y, para colmo de desvergüenza, escoge a la carta quedarse con la pequeña y “prescinde” de la mayor. El juez, no obstante, le concede la tutela de ambas.

Madre no hay más que una; en algunos casos, por suerte.





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jueves, 27 de agosto de 2015

Algunos somos Inma




Inma Seguí. Líder de vox en Cuenca.


Ganar es la consigna, no importa el precio. Ese viejo concepto maquiavélico de que el fin siempre justifica los medios. Desde que el feminismo se vendió al mejor postor –y ese fue la izquierda- la violencia ejercida sobre la mujer es una herramienta electoralista, una forma más de arañar votos al enemigo. Porque ganar –repito- es la consigna. De cara a la galería diréis que sois políticos por vocación de servicio público, pero vuestra ambición, vuestra hambre voraz por ocupar una silla en el congreso, o aún mejor, en la Moncloa, os delata. Si para ganar hay que enfrentar a la gente –a aquella gente a la que, con un cinismo propio de un mentiroso profesional e inescrupuloso, juráis servir cuando alcanzáis vuestro codiciado cargo público- pues se enfrenta. El clásico “divide y vencerás”. Porque mientras nos enfrentemos entre sí, menos nos preocuparemos de vosotros y vuestras evasiones, blanqueos, prevaricaciones, malversaciones y cohechos.


Pero, ¿qué pasa cuando la mujer sobre la que se ejerce la violencia es de derechas? ¿Qué pasa cuando quienes la ejercen son de izquierda? Todos sabemos qué sucede entonces. El feminismo cae en un mutismo absoluto, silencioso como una cripta, porque es un hecho otra vez demostrado que la mujer no es la prioridad, sólo la excusa. El feminismo sometiendo a la mujer a la peor de las prostituciones imaginables, el mercantilismo de la violencia y la muerte. Eso es lo que ha sucedido recientemente con la líder de Vox en Cuenca, Inma Sequí. Agredida a la puerta de su casa por tres orangutanes al grito de ¡fascista! ¿Eso es lo que quería decir Pablo Iglesias con eso de que la sonrisa está cambiando de lado?


A Pedro Sánchez no se le remueve el tupé Patrico cuando culpa a la sociedad de los crímenes domésticos –alguien debería asesorar bien al Señor Sánchez, y decirle que llamar asesinos a su potencial electorado no es la mejor manera de conseguir sus votos- y, sin embargo, ¿qué responsabilidad tiene él de la brutal agresión a una chica de dieciocho años? ¿Qué responsabilidad tienen todos esos malnacidos que mienten, tergiversan, y no dudan en echar gasolina en la hoguera de la indignación cuando matan a una mujer? ¿Qué responsabilidad tienen esa basura que, con su discurso demagogo y oportunista, azuzan a tres descerebrados a maltratar a otra mujer? Por supuesto, si un imbécil mata a su mujer, todos los que portamos esos desprestigiados cromosomas XY tenemos que aguantar que esos amorales empresarios del dolor ajeno nos llamen machistas y apologistas de la violencia, pero cuando tres retardados mentales acosan y maltratan a una política de derechas, sus discursos de incitación al odio no tienen nada que ver.



Sois escoria, y el hecho de que el PP se postule como vencedor en las próximas generales después de una legislatura tan nefasta, es indicativo de lo enferma y podrida que está la izquierda en este triste país, que cada mañana me ofrece una nueva razón para sentirme aún más avergonzado de él –Noruega, invádenos ya, por favor-. Ya sé que sois expertos en culpar a los demás de vuestra ineficiencia, ineptitud y mediocridad –como hacéis cuando un nuevo asesinato doméstico pone en entredicho vuestra inútil ley recaudatoria de violencia doméstica- y que vuestro sentido autocrítico está más desaparecido que Jimmy Hoffa, así que siempre podréis decir, cuando la izquierda pierda las elecciones de noviembre –que perderá-, que vivimos en un país fascista. Todo menos admitir, que si la derecha no es una maravilla, la izquierda reaccionaria de los últimos años es aún peor. No diré eso de que todos somos Inma, porque es obvio que algunos preferís ser Alfon, así que diré #algunossomosInma.        




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¿Qué es Heil Macarena? Para saberlo pinchar aquí




lunes, 24 de agosto de 2015

La mujer del futuro




Hildegart  y su madre Aurora




La socialista y feminista Aurora Rodríguez Carballeira tenía un proyecto en mente; crear la mujer del futuro. La vanguardia de una nueva generación de mujeres cultas, bien educadas, independientes y, sobretodo, custodias de las ideas marxistas y feministas. Para emprender tan notable proyecto, Aurora debía elegir a la pareja adecuada, un hombre que no reclamara sus derechos paternos. Un capellán castrense, por su condición de religioso, era la elección perfecta. De esta manera, Aurora se aseguraba ser madre soltera, como así lo precisaba el proyecto que tenía en mente, y cuando hubo conseguido quedarse en cinta, la apasionada feminista se trasladó a Madrid desde su natural Ferrol.


Aurora no dejó nada al azar. Incluso el nombre escogido para la mujer del futuro estaba concienzudamente pensado; Hildegart, que según ella significaba “jardín de sabiduría” en alemán –si bien es cierto que Aurora había cometido un enorme error etimológico-. La educación que recibió Hildegart estuvo planificada al milímetro, y es justo reconocer que sus métodos pedagógicos funcionaron… quizás mejor de lo que ella misma hubiera deseado. A los ocho años, la mujer del futuro ya conocía cuatro idiomas. A los once, escribió un artículo sobre higiene sexual femenina. A los dieciséis, se licenció en derecho, y como no podía ejercer por su corta edad, inició los estudios de medicina. Educarla “en exceso” fue el gran error de Aurora, porque esculpió a su particular “Galatea” demasiado inteligente, y todos sabemos que esa es una característica incompatible con el dogma marxista-feminista.


Y así sucedió. La brillante joven escribió un libro que tituló ¿Se equivocó Marx? Que obviamente no fue bien acogido en el PSOE y UGT, donde militaba. En 1932, volvería a criticar la formación socialista, lo que provocaría su expulsión del partido. Hildegart se estaba rebelando contra las ideas que su madre había tratado férreamente de inocularle durante toda su vida. Es entonces cuando la relación entre madre e hija se deteriora sin remedio. Hildegart intenta emanciparse del demencial yugo al que le somete su madre/instructora, a lo que Aurora se opone amenazándola con que se suicidará si la joven le “abandona”. El terrible acoso y chantaje al que somete a su “Galatea” surte efecto, y consigue retenerla un tiempo. Sin embargo, la amenaza de huir de la prisión en que su obsesiva madre ha convertido su vida vuelve a poner en peligro la empresa de Aurora.


Un día, lo que más temía la “Pigmalión” ferrolana sucedió. La relación entre Hildegart y un muchacho llamado Abel estaba transcendiendo la mera amistad. Esa circunstancia tuvo un efecto tan devastador para el proyecto que Aurora había concebido como para la teoría pseudo-científica de Beatriz Gimeno, que dice que la heterosexualidad es una construcción social del heteropatriarcado. Aunque Aurora había “esculpido” a Hildegart para no relacionarse sentimental ni sexualmente con ningún hombre, se impuso el natural cóctel de hormonas en que la muchacha se había convertido debido a su edad, y la relación entre la mujer del futuro y Abel se iba estrechando. Aurora reconocería a un amigo que su hija echaría todo a perder si, como creía, se fugaba con su amigo.


Una noche, mientras Hildegart dormía, Aurora se deslizó a su habitación y le descerrajó tres tiros en la cabeza y un cuarto que atravesó su corazón. Aurora se entregó a la policía y anunció, flemática, que había puesto fin a una obra sublime. Fue condenada a veintiséis años de cárcel. En 1936 se le perdió la pista, lo que dio pábulo a muchas elucubraciones. Se dijo que había sido liberada durante la guerra civil antes de la llegada de las tropas sublevadas, también se dijo que fue fusilada, pero en 1977 se dio con su historial médico. Aurora murió en diciembre de 1955 en prisión. Nunca se arrepintió. El polifacético Fernando Fernán Gómez narró la historia en la película Mi hija Hildegart.



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sábado, 22 de agosto de 2015

Perspectiva de género






Todo movimiento social, político, cultural o de cualquier otra índole es inseparable de su contexto. Es un error común del feminismo -en el ejercicio de analizar y entender la historia- interpretar episodios pasados según la visión actual. Un grave error en que no debe caer nunca un historiador. Pongamos un par de ejemplos:


Todos los historiadores coinciden en que el surgimiento de la democracia en Atenas en el siglo V antes de Cristo –el llamado siglo de Pericles- fue un importante avance político y social. Sin embargo, la democracia ateniense aceptaba y avalaba la esclavitud, y además negaba el derecho al voto a la mujer. Es evidente que, viéndolo según nuestro contexto actual, no es una maravilla. Sin embargo, la democracia ateniense ha de ser analizada en su contexto histórico; una época donde los reinos eran regidos por reyes que hacían justificar su omnipotencia por los mismos dioses, y que imponían una voluntad férrea e incuestionable. Por tanto, la democracia ateniense si fue un gran desarrollo en su época.


Abraham Lincoln ha pasado a la historia por ser el presidente que abolió la esclavitud en Estados Unidos, y es una de las figuras más respetables de la historia americana. Sin embargo, Lincoln se oponía a que el hombre negro pudiese votar. ¿Sería justo decir, por tanto, que Lincoln era un racista que dificultó el desarrollo del hombre negro en los Estados Unidos? Es evidente que no, porque de nuevo ha de situarse en su contexto histórico.


Ejemplos como estos son numerosos en la historia. El feminismo, sin embargo, es especialista en descontextualizar los eventos históricos que les interesa. Es lo que llaman “perspectiva de género”, que no es otra cosa que un eufemismo de manipular y tergiversar la historia. Cuando en la época pre-industrial, industrial y post-industrial se estableció el “reparto de roles” en el ámbito laboral, el feminismo nos convenció de que se trató de un “negocio” redondo para el varón –que trabajaba fuera de casa- y que supuso décadas de discriminación para la mujer –relegada al ámbito doméstico-. Aunque es indefendible dicho reparto, el feminismo tergiversó el contexto en que se produjo esa partición, descontextualizando el hecho, aplicando la visión actual a una época muy diferente de la nuestra.


Ahora bien, ¿de verdad fue un negocio tan redondo para el hombre como nos vende la “historiografía” feminista? Si tenemos en cuenta la visión actual que tenemos del trabajo -30 horas semanales, un salario mínimamente decente, derecho a indemnización por despido, bajas, subsidios por desempleo, etc…- relegar a la mujer al ámbito doméstico habría sido una injusticia lacerante pero, como he dicho, eso sería descontextualizar la historia.


¿Cómo eran los trabajos de la era industrial? Jornadas de hasta doce y dieciséis horas -sin días de descanso- en condiciones duras e insalubres, donde los accidentes laborales eran muy frecuentes. Por supuesto, si un trabajador quedaba lisiado –lo que era terriblemente común- era despedido sin indemnizaciones. Desde luego, nadie volvería a contratarle, por lo que su destino era la mendicidad. Aunque, al menos, tenían independencia económica, dirían las feministas. La realidad es que el salario de los trabajos de la era industrial daba apenas para comer y vivir hacinados en bloques de vivienda para trabajadores que se erigían, precarios, a las afueras de las ciudades. Esas eran las condiciones del reparto de roles en su contexto histórico, amigos, por lo que no fue un “negocio redondo”.


Ahora bien, con este texto no pretendo defender el reparto de roles, que fue injusto a todas luces –ya que toda mujer debería haber tenido el derecho de escoger entre ser explotada en el ámbito doméstico o ser explotada en una factoría-, pero es justo señalar las trampas, manipulaciones y falacias de la llamada perspectiva de género. Espero que la historia “feminista” no se incluya en los libros de historia que nuestros hijos, o las generaciones que le sucedan, lean en las escuelas.






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Heil Macarena. De lo que no se atreven hablar los medios. Más información aquí




jueves, 20 de agosto de 2015

Una vampira en Barcelona



Enriqueta Martí. La vampira de Barcelona


Estreno sección donde hablaré de casos que, en su momento, conmocionaron a la opinión pública, y que demuestran que los monstruos no tienen sexo. Conocemos casos como los de Santiago del Valle o Miguel Ricart, verdaderos demonios que anduvieron con pies terrenales entre nosotros pero, ¿y ellas? En esta sección veremos que la maldad no distingue entre géneros, y qué mejor prueba que el caso que aquí les narro. Sé que muchos buscarán información sobre él, pensando que algo tan siniestro y novelesco no pudo suceder en la vida real. Háganlo. El caso de la vampira de Barcelona es tan aterrador como verídico.


Barcelona, 1912. Pocos años antes, una epidemia de tisis había hecho estragos entre la población, y aunque lo peor ya había pasado, el miedo a aquel terrible mal seguía flotando en el aire, como una amenaza insomne. Sin embargo, otro mal angustiaba los corazones de las gentes de la ciudad; desde hacía cuatro años se venían produciendo una serie de misteriosas desapariciones de niños de entre cinco y diez años. Por eso, cuando la madre de la pequeña Teresita Guitart la perdió de vista en el bullicio del mercado, se temió lo peor. La gente empezaba a perder la confianza en las fuerzas de seguridad, que se veían impotentes ante las numerosas desapariciones –se calculaba que la cifra ascendía ya a veinticinco- y ni siquiera contaban con una pista que poder seguir. Los niños, sencillamente, eran tragados por la tierra.


Teresita Guitart no pudo ver nada. Se había distanciado apenas unos metros de su madre y un saco negro la envolvió, sumiéndola en la más negra oscuridad. Aquel mismo saco ahogó sus gritos, y cuando pudo ver de nuevo se vio frente a una silenciosa mujer, alta y henchida, que la miraba con dos ojos oscuros como el abismo. Sus llantos fueron reprimidos a golpes. Luego, aquella mujer le rapó la cabeza y le indicó que entrara en una habitación al final de un angosto y oscuro pasillo. Sus pequeñas y frágiles piernecillas temblaban a medida que cumplía la orden. En una habitación entreabierta alcanzó a ver a un niño tendido bocabajo sobre una cama. No se movía. Cuando llegó a la habitación indicada, se encontró con otra niña, también rapada, con el rostro sucio y vestida con andrajos.


Claudina Elías alcanzó a ver el rostro aterrorizado y fantasmal de una niña asomada al ventanuco que correspondía a la casa de su vecina Enriqueta Martí. Sabedora de que Enriqueta –una mujer excéntrica con la que había cruzado muy pocas palabras, pese a vivir puerta con puerta con ella- no tenía hijos, se preguntó quién sería la pequeña a la que acababa de ver. Con no poco cuajo, Claudina quiso indagar, y preguntó a Enriqueta si su “hija” necesitaba alguna cosa, pues la había oído llorar. No tengo hija, aseguró Enriqueta, y cerró la puerta con escasos modales. Claudina estaba casi segura de que aquella era la responsable de las desapariciones que habían puesto la ciudad condal patas arriba.
La vecina acudió entonces a su amigo José Arens, un guardia municipal, y los dos paisanos, disfrazados de héroes, decidieron llegar al fondo de aquel turbio asunto. Arens entró en el domicilio de Enriqueta, pese a que ella le había puesto todo tipo de impedimentos –eran otros tiempos, y eso de las órdenes judiciales no era tan importante- y se encontró con las niñas. José Arens no creyó las explicaciones de Enriqueta Martí, y la mujer fue detenida. La pequeña Teresita Guitart fue identificada, así como la otra niña, de nombre Angelines. Aunque estaban sucias y demacradas, las dos se encontraban bien. Barcelona respiró aliviada, pero la caja de los horrores había quedado abierta.



Teresita Guitart. La pequeña en el momento de su liberación


En siguientes inspecciones al domicilio de Enriqueta Martí, los investigadores se encontraron con una montaña de zapatos infantiles, así como un armario repleto de ropa de niño. En la cocina, encontraron un cuchillo lleno de sangre –que parecía haber sido usado recientemente-, aunque lo peor aún estaba por llegar. En lugares ocultos de aquel museo del horror, la policía barcelonesa encontró tarros de grasa humana, así como una treintena de huesos pertenecientes a un número indeterminado de niños de entre seis y ocho años.


Como en todos los casos macabros, que escapan a la comprensión humana, un sinfín de especulaciones y rumores, a menudo falsos, rodearon el infame caso de la que ya era conocida como la vampira de Barcelona. Se decía que Enriqueta elaboraba ungüentos que pretendían curar el tisis, y que contaba con clientes poderosos entre las clases más altas de la sociedad barcelonesa. También se especuló con que Enriqueta era proxeneta, y ofrecía a sus víctimas para satisfacer los deseos enfermizos de la gente de la jet set catalana. En cualquier caso, lo que parecía ser cierto era que la propia Enriqueta había ejercido la prostitución en el pasado, y aún lo hacía ocasionalmente, y que siempre había actuado sola. Su marido, Juan Pujaló, también fue detenido, aunque se le puso en libertad poco después ya que hacían vidas separadas desde hacía años.


Enriqueta Martí, la vampira de Barcelona, murió antes de ser juzgada, linchada por sus compañeras de presidio. Se especula con que había asesinado a unos veinticinco niños, aunque la cifra real nunca se podrá calcular. Por su parte, Teresita Guitart tuvo una vida larga, falleciendo hace pocos años.




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martes, 18 de agosto de 2015

Cuando el feminismo perjudica a las víctimas de la violencia de género






¿A quién beneficia invisibilizar las denuncias falsas?


Negar la evidencia de que existen denuncias falsas, o que estas sólo suponen el 0,01%, sólo benefician a dos clases de personas; por un lado, a aquellos que viven de la violencia de género, “profesionales” interesados en cronificar el problema en lugar de ponerle remedio, osificados en sus puestos de trabajo, en una inutilidad completa al dedicarse más a aplicar timoratas soluciones paliativas que en buscar “la cura del problema”. Por otro lado, las propias defraudadoras son las otras grandes beneficiadas, ya que pueden denunciar impunemente, campando a sus anchas por las salas que fueron erigidas para impartir justicia.



¿A quién perjudica invisibilizar las denuncias falsas?


Por un lado, y obviamente, al propio denunciado, que se ve despojado de derechos humanos básicos e inalienables, como el derecho a la presunción de inocencia, ser juzgado en un juicio justo donde se le garanticen los derechos procesales, y recibir un trato imparcial por parte de los medios de comunicación, que al negar la existencia de denuncias falsas condenan, por ende, al acusado antes de ser debidamente juzgado. Por otro lado, perjudica a las propias víctimas de la violencia de género, ya que las defraudadoras acaparan y malgastan los recursos destinados a quienes verdaderamente lo necesitan.



¿Qué sucedería si se persiguieran y castigaran las denuncias falsas?


Cuando una mujer interpone una denuncia por violencia de género se pone en marcha una costosa maquinaria. Asistencia psicológica y legal, pisos tutelados, cobro de ayudas públicas en torno a los 400 euros, apertura de diligencias judiciales, etc. Todo con un coste bastante elevado, justificado para los casos reales de violencia de género, pero obscenos para los casos fraudulentos. Perseguir y castigar la denuncia falsa permitiría disponer de una cantidad ingente de recursos que podrían emplearse en mejorar los servicios disponibles a las verdaderas víctimas, y eso salvaría más vidas de mujeres que las estériles manifestaciones de repulsa a la violencia de género por parte de las asociaciones feministas. Es importante tener presente, por tanto, que la falsa denunciante no solo estafa al denunciado, sino a la verdadera víctima, y a la sociedad en su conjunto.



La negación de la denuncia falsa por parte del feminismo, o su reducción a un increíble 0,01%, sólo pone piedras en el camino de la lucha contra la violencia de género, y demuestra una vez más que el feminismo se ha vuelto un movimiento inútil, estorboso, un escollo para las propias mujeres a las que dicen representar y defender.




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domingo, 16 de agosto de 2015

Dedicado a Beatriz Talegón




Hace poco, la socialista Beatriz Talegón tuvo la desafortunada idea de escribir un texto donde alardea de una circunstancia que, en mi opinión, debería intentar no exhibirla demasiado públicamente; la ignorancia. En ese texto, proponía un mundo distópico en el que la historia la hubiesen escrito mujeres, y aseguraba, con el atrevimiento que suele caracterizar la inopia intelectual, que hubiera sido muy diferente. Según ella, si se hubiera invertido el sexo de los gobernantes –que a lo largo de la historia han sido mayoritariamente masculino- ahora viviríamos en una suerte de jardín del Edén, un paraíso terrenal donde hombres y mujeres de todas las naciones y condición danzaríamos cogidos fraternalmente de las manos. Con la intención, puramente altruista, de sacarle de la inopia en que parece vivir muy feliz, he recopilado la historia de algunas mujeres poderosas, que han escrito páginas en la historia cargadas de violencia y muerte. Éstas son algunas de ellas:



Boudica, reina de los icenos



Luego de la muerte de su esposo, el rey Prasutagus, Boudica se hizo con el trono de la tribu de los icenos, en la Britania del siglo I antes de Cristo. Nada más en el poder, reunió y acaudilló a varias tribus del sur de la actual Inglaterra y marchó sobre la ciudad de Londinium –actual Londres- arrasándola hasta los cimientos. No tuvo piedad con soldados rendidos ni civiles. Fue derrotada poco después por las legiones romanas y, presumiblemente, se suicidó para evitar la captura.




Cleopatra VII, faraona de Egipto



Una gobernante culta y refinada, a diferencia de sus embrutecidos predecesores, los reyes tolemaicos. Se especula que la encantadora –según Plutarco- Cleopatra dominaba seis lenguas, y era una hábil diplomática. Sin embargo, también era cierto que amaba las fiestas lujosas y llenas de excesos, y que no se privaba de ellas aun cuando Egipto atravesaba una de las peores crisis económicas de su historia. Mientras su pueblo moría –literalmente- de hambre, la monarca greco-egipcia se paseaba por el Nilo en fastuosas embarcaciones, disfrutando de costosas fiestas y orgías sexuales donde daba rienda suelta a su práctica predilecta; realizar felaciones. Cuando fue expulsada del poder, reunió un ejército para reconquistar el trono, aunque fue derrotada. Finalmente, Cleopatra se alió con la República de Roma para volver al poder, al que se aferraría hasta su muerte. Seguro que el hambriento y maltratado pueblo egipcio no lamentó su desaparición.




Agripina, consorte imperial



Aunque, como es bien sabido, no hubo féminas gobernantes en el Imperio Romano, esto no quiere decir que no “reinaran” mujeres. La astuta Agripina es un ejemplo de “emperadora de Roma” que, sin embargo, nunca contará en las listas reales romanas. Cuando su hermano, el emperador Calígula, comenzó a despojarle de sus privilegios reales, Agripina no dudó en conspirar para derrocarle. Cuando el intento fracasó, Calígula mandó ejecutar a todos los conspiradores excepto a Agripina y a su hermana pequeña Livila –también participante en las intrigas-, ordenando el exilio de ambas. Luego de la muerte de Calígula, Agripina volvió a la capital y se casó con el cónsul Salustio Pasieno Crispo, que murió pocos años después. Se rumoreó que fue envenenado. Se casó con el emperador Claudio, le convenció de que nombrara heredero a su hijo Nerón –por encima de los hijos del propio Claudio-, y también murió. Los rumores de ciertas setas venenosas ofrecidas por la oscura Agripina recorrieron la capital del imperio. Agripina influyó también sobre el nuevo emperador, Nerón, hasta que su inestable descendiente la mandó ejecutar. Agripina pasó a la historia por sus continuas intrigas, sus astutas conspiraciones y su talento como envenenadora.




Zenobia, reina de Palmira



En el año doscientos sesenta y siete de nuestra era, ascendió al trono de Palmira –un efímero reino vasallo del poderoso Imperio Romano- luego de la muerte de su esposo, el príncipe Odenato. Una vez en el poder, Zenobia se sublevó contra Roma y, aprovechando un vacío de poder en el vecino Imperio Sasánida, invadió la península de Anatolia –actual Turquía- y marchó luego sobre Egipto. También hizo incursiones militares sobre Siria, Palestina y el Líbano. ¡Y todo en sólo cinco años de gobierno! Sin duda, esta reina ejemplifica la idea que Talegón sostiene en su texto, sobre que la mujer es incapaz de emprender guerras.




Ranavalona I, reina de Madagascar



Ya en tiempos más modernos, en pleno siglo XIX, hubo en el reino de Madagascar una gobernante que poco tenía que envidiar, en cuanto a maldad, al mismísimo emperador Calígula. Se trata de la desconocida reina Ranavalona I, de Madagascar. Cuando asumió el poder, su primera medida fue asegurarse de que nadie pudiera arrebatárselo, ordenando la ejecución de todo el que tuviera reivindicaciones sobre el trono. Durante su reinado, persiguió con especial crueldad a los cristianos, masacrando alrededor de 150.000 personas. La reina asistió a muchas de aquellas ejecuciones, demostrando una escalofriante creatividad a la hora de imaginar las más horribles formas de morir. ¿Su método de ejecución favorito? Hervir vivo al desdichado, lo que se considera como una de las más horripilantes –y desaconsejables- formar de abandonar este mundo. Ranavalona I se hizo adorar como una diosa.




Irma Gresse, supervisora de campos de la muerte



Sin duda, una de las épocas más oscuras de la humanidad, campo abonado para mentes aviesas y retorcidas, fue la Segunda Guerra Mundial. Y la supervisora de campos de concentración Irma Gresse fue parte destacada en la locura del nazismo. Gresse hizo sobrados méritos para ser bautizada “la cancerbera” o “la perra de Belsen”. Aquellos que tuvieron el infortunio de ser “supervisados” por la oficial reportaron espeluznantes testimonios de torturas a hombres, mujeres y niños. Aunque asesinaba de manera variada y creativa –como, por ejemplo, ordenar a una jauría de perros que devoraran al desgraciado de turno- tenía especial predilección por el látigo. Irma Gresse ejecutó a latigazos a innumerables hombres, mujeres y niños. Quienes sobrevivieron a su “supervisión” aseguraban que los desgarradores gritos de dolor, las contorsiones que causaban sus latigazos, provocaban en ella una honda satisfacción, y sus desenfrenadas risotadas se mezclaban con los alaridos de sus víctimas en una enfermiza sinfonía. Irma Gresse abusó sexualmente de hombres y mujeres. Fue ajusticiada por crímenes contra la humanidad en 1945. Tenía veintidós años.



Erzsébet Báthory, condesa húngara



Perteneciente a una de las familias más poderosas de Hungría, Báthory se obsesionó por mantenerse siempre joven, y creyó que, sólo a través de perversos rituales de magia roja, podría retrasar la inevitable vejez. La bruja Báthory comenzó a secuestrar doncellas, a las que conducía a su castillo para ser desangradas. Báthory se sumergía en barreños llenos de sangre, además de preparar pócimas y ungüentos con el líquido vital. Cuando se agotó el "stock" de doncellas, recurrió a muchachas nobles, lo que fue su perdición. Aquellas jóvenes, a diferencia de las desdichadas plebeyas, tenían padres poderosos. Báthory fue acusada entonces por bruja. Sus colaboradores fueron ajusticiados, pero Báthory evitó la muerte debido a su origen aristocrático. La llamada "Condesa Sangrienta" fue condenada a cadena perpetua en su propio castillo. Para asegurarse, tapiaron todas las puertas y ventanas del castillo, excepto una rendija por la que le pasarían los alimentos. 



Beatriz Talegón, por razones obvias de espacio y tiempo, me he visto obligado a no mencionar muchísimos otros ejemplos de gobernantes crueles y/o belicosas. Mesalina, Catalina la Grande, María Teresa I de Austria, etc. Por no mencionar mujeres que destacaron en la guerra como Lakshmi Bai o las hermanas Trung. Le aconsejaría que, antes de alardear públicamente de su profunda incultura y su desconocimiento de la historia, dedicara un poco de su tiempo a la sana afición de coger un libro y leerlo. De nada.  





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viernes, 14 de agosto de 2015

Vuelta al #medievo








Hace poco fue tendencia el hashtag #MachismoMata como respuesta al brutal doble crimen de Cuenca. Lo que debería ser un acto público de repulsa por ambos asesinatos, se convirtió en un repulsivo acto de acusaciones sumarísimas. Era francamente lamentable leer tweets de gente pidiendo sangre sin discriminar de quien, o mejor dicho discriminando. Resultaba paradójico, que una moderna red social se convirtiera, de repente, en una máquina del tiempo que nos transportaba a una pequeña aldea medieval. Como cuando un judío era sospechoso de cometer alguna felonía, y los embrutecidos aldeanos salían a las calles con aperos de labranza y antorchas, a la caza de todo judío que encontrase en su camino, para saciar una bárbara y visceral sed de sangre.


Ninguna mención a las chicas, ningún gesto de apoyo o condolencia a sus familias pero, además, tampoco hubo ninguna o casi ninguna condena a Morate, el verdugo que puso fin a sus jóvenes vidas. El asesino de las chicas no parecía ser él, sino la “sociedad”, el “machismo”, el “terrorismo machista” y otros conceptos abstractos e intangibles. Aquel hashtag se convirtió en la ocasión de muchas gentes de escasa sesera y virtudes para vomitar odio. Pocos tuíts serios y rigurosos, constructivos e inteligentes. Por supuesto, hubo excepciones. Me agradó leer algunos tuíts de cordura entre la vomitiva maraña de acusaciones sumarias, segregación e incitación al odio. Hubo hombres y mujeres que me devolvieron la esperanza de que aún queda gente lucida, y no todos son espíritus menores que se dejan llevar por los más bajos instintos humanos.


Un exponente de ese feminismo generador de odio es la twittera Barbijaputa. Como humorista no es precisamente Groucho Marx. Sus carencias en ese aspecto son evidentes; humor zafio y fácil, casi infantil, sin alarde de ingenio. Para colmo, le hacen muchas gracias los chistes de Zapata, y les recuerdo, queridos lectores, que hacían referencia a chicas violadas y asesinadas. Miembra de ese Club de la Comedia en que parece haberse convertido la analfabeta y desmemoriada izquierda española, y no sólo lo digo por los chistes de Zapata y compañía, sino por el continuo ridículo que hace el Secretario General del PSOE cada vez que abre la boca o su cuenta de Twitter, o por la trayectoria política, efímera y frugal como el veranillo de San Martín, de las nuevas formaciones políticas de la izquierda. Pero, si como humorista no pasará a los anales de la historia, cuando Barbijaputa se pone seria y filosofa sobre el amor, o cualquier otra cosa, es aún peor. Textos sencillos, carentes de recursos lingüísticos, escasas perífrasis, propios de adolescentes con ciertas inquietudes literarias pero con mejores intenciones que habilidades. Si las formas no son un alarde de talento retórico, el mensaje de sus escritos no es mucho más interesante. Pareciera el diario de una chiquilla, con limitada creatividad y poco oficio.


Pero el responsable de aquel hashtag que nos atañe en este artículo fue Pedro Sánchez. Sí, líder de un socialismo que no convence, y que ve impotente cómo se cierra el despacho de la Moncloa en sus narices, a medida que se acercan las elecciones generales. Un ser abyecto, miserable, que aprovechó el doble crimen de Cuenca para sacar rédito electoralista. Un todo vale para ganar elecciones, aunque sea profanando mujeres asesinadas. En su mensaje, pedía al gobierno que “actuara” contra los crímenes machistas sufriendo, lo que parece ser, una variante común de Alzheimer; el Alzheimer político. En los siete años de gobierno de Zapatero, murieron más de cuatrocientas mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. ¿Dónde estaba el gobierno, Señor Sánchez?



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miércoles, 12 de agosto de 2015

La invención del patriarcado






El Patriarcado no existe. Lo que quizás muchos no sepan es que nunca existió. Con esta sentencia, que algunos encontrarán cuánto menos atrevida, no pretendo negar la obvia realidad histórica de que la mujer ha sido discriminada durante siglos. Las sociedades humanas han sido machistas, en mayor o menor grado dependiendo de la sociedad y la época histórica concreta, y esa ha sido una realidad injusta y lacerante. Ahora bien, machismo y patriarcado no son exactamente la misma cosa.


El machismo es la creencia de que la mujer tiene menos virtudes, y por ende, menos capacidades que el hombre. Ese pensamiento ha avalado conductas profundamente discriminatorias hacia la mujer. El patriarcado sería pues, y según la retórica feminista, la estructuración de esa idea en un sistema socio-político. Pero no existe tal estructura. El patriarcado es una invención política, una manera que el feminismo tiene de reunir a todos sus enemigos en un único símbolo, siguiendo a pies juntillas el primero de los once principios del ministro de propaganda Nazi Joseph Goebbels.




Principio de la simplificación y del enemigo único.Adoptar una idea única, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.”




El patriarcado es ese símbolo, y a ese gigantesco monstruo irreal culpa la dictadura de género de todo pensamiento disidente. Cualquiera que discrepe contra el santo evangelio feminista forma parte de él. 500 mil Firmas contra DENUNCIAS FALSAS, #Existen, GenMad, CUSTODIA COMPARTIDA ESPAÑA y cualquier otro es patriarcado. Técnicamente, todo lo que no es feminismo es patriarcado.

La idea de patriarcado nos dice, básicamente, que en la larga y compleja historia humana han existido dos castas, una de ellas con privilegios -los hombres- que han dominado a la casta sin privilegios -las mujeres-. Esa idea, una deformación del principio del marxismo, ha calado hondo en la conciencia colectiva de la humanidad, precisamente por su simpleza. Casualmente se trata de otra idea que Goebbels describe en sus famosos y abyectos principios:




Principio de la vulgarización.Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa.”





El parecido del feminismo con los métodos propagandísticos usados por las dictaduras no es casual.


El machismo existe, como existe el racismo, la xenofobia, la homofobia y otras ideas intolerantes, pero el patriarcado no existe. Nada tiene que ver la publicidad sexista con que un agresor sexual viole a una mujer. No tiene nada que ver el supuesto sexismo en el lenguaje con el llamado “techo de cristal”. No hay relación entre luchar contra los privilegios maternos en los divorcios con que un hombre maltrate a su esposa. No existe correlación entre los que luchamos contra la LIVG y la brecha salarial. Y sin embargo, todos somos patriarcado según ese feminismo acusatorio.


Es un hecho que los seres humanos han sido machistas, como también han sido chovinistas, antisemitas, racistas e intolerantes religiosos. Es un hecho que la virtud de compartir la infinita abundancia de este mundo nunca ha sido norma en nosotros. Pero también es un hecho que, salvo en casos concretos y localizados, hemos dejado atrás el chovinismo, el antisemitismo, el racismo y la intolerancia religiosa. Y también el machismo, aunque el feminismo, paradójicamente, se empeñe en resucitarlo una y otra vez para justificar la superflua existencia de las “defensoras de la igualdad”.



El patriarcado no existe. Nunca existió. Si existió el machismo que, por suerte, hemos dejado atrás en la inmensa mayoría de los casos. Dejad de acusar a la sociedad de ser bárbaros e incivilizados. Dejad de acusar a los hombres de ser maltratadores y violadores. Dejad de acusar a las mujeres que nos apoyan de traidoras y esquiroles. Recoged la escasa dignidad que le queda al otrora esplendoroso movimiento al que decís representar, y al que sólo habéis mancillado y llenado de vergüenza, y ponedle punto final.




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