martes, 27 de septiembre de 2016

Carta a refugiado



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Huyes de la guerra. Tienes el anhelo legítimo de vivir lejos del horror de la guerra, pero debes saber que nuestra ayuda no es incondicional. Ninguna ayuda lo es. No creas que es nuestra obligación acogeros. La caridad jamás puede ser una imposición. Si te ayudamos debes aceptar nuestras condiciones, que son simples y razonables; 



1) Respeta nuestras costumbres, tradiciones, leyes y normas. 

Tú has elegido venir a nuestro país, nosotros no hemos decidido que vengas. Podías haber elegido entre más de veinte países musulmanes, con leyes, tradiciones y costumbres similares a la tuya, pero has decidido venir a Europa. Pregúntate el por qué de esa elección. Pregúntate por qué nuestros países son tan prósperos, tan estables y tan convenientes para vivir. Buena parte de la culpa de que así sea se debe a nuestra tolerancia, nuestro respeto por la libertad y nuestra historia misma. Respétalas y trata de incorporarlas a tu modo de vida. Si esa es la clave de nuestra prosperidad también puede ser la clave de la tuya. 



2) Europa es una cultura, no te aísles de ella. 

Muchos europeos odian Europa. Te dirán que Europa no es una civilización, que es un mundo globalizado y sin fronteras, que su cultura es la diversidad y la multiculturalidad. Pero te están engañando. Europa es una civilización y tiene fronteras; el océano Ártico al norte, el océano Atlántico al oeste, el mar Mediterráneo al sur y los Montes Urales al este. Tiene una cultura propia que no tiene nada de globalizada ni multicultural. Es la cultura que nació en Grecia. Es Homero y son los filósofos. Es la democracia ateniense y la que surgió tras la revolución francesa. Es el Imperio Romano, el cristianismo, el Renacimiento, las ideas liberales y la Ilustración. Ahora vives en ella, si te aíslas de esta cultura jamás serás feliz, ni tú ni los hijos que críes. Tenemos un refrán para ello; a dónde fueres, haz lo que vieres. 



3) No impongas. Europa no es musulmana, y no lo será jamás. 

El Islam puede ser importante para ti, pero no lo es para nosotros. Acéptalo. Tratar de imponer tu cultura al país que te acoge es de lo más ruin que se me ocurre. No seas xenófobo –cuando se trata de imponer la cultura propia a un país ajeno es porque se piensa que es mejor, que es superior-. No hay nadie más racista y chovinista que el que trata de imponer. No seas desagradecido. No seas intolerante. No seas racista. No eres mejor que nosotros y tu cultura no es mejor que la nuestra. No sois mejores personas por ser más devotos que nosotros. Vuestras mujeres no son más respetables por cubrirse que las nuestras. Vuestras normas no son mejores que las nuestras por “venir de Dios”. Recuerda lo que dije al principio; la caridad no es obligatoria, la ayuda no es incondicional. No estamos obligados a ayudaros. Valora por tanto, que lo hagamos. Agradécenos. Si no, ya sabes, hay más de veinte países musulmanes que os pueden acoger y en los que seréis felices.




 







martes, 20 de septiembre de 2016

La mayor de las injusticias







Decía Federico Jiménez Losantos que la mayor de las injusticias era el doble rasero, la violación del principio de igualdad ante la ley sin la cual no puede existir justicia. En la Edad Media, un ladrón era habitualmente carne de verdugo. Algunos podrían pensar que es injusto que alguien camine hacia el patíbulo sólo por haber robado un cerdo a su Señor, pero más allá de la evidencia de lo bárbaro y desproporcionado del castigo, la verdadera injusticia era que al Señor no se le castigaba igual por el mismo delito. Es decir, la transgresión del principio de igualdad ante la ley es la base de todas las demás injusticias. 

La Ley Integral de Violencia de Género violaba el principio de igualdad al establecer diferentes penas para el mismo delito según el sexo de quien lo cometía. Se justificó en una situación de desproporción en el número de ciertos delitos. Es decir, como hay más hombres que ejercen violencia doméstica –aunque esto sería muy discutible- parece obvio –y esto es más discutible aún- que se establezca un agravante penal para intentar atajar el problema. Pero, ¿por qué es injusto algo que, a priori, podría parecer razonable? 

En primer lugar, los jueces deben juzgar a individuos, no “grupos”. Incluso en los casos en los que se juzgan un crimen colectivo, como un asesinato cometido por varias personas, el juez debe establecer el grado de responsabilidad de cada uno de ellos por separado y actuar en consecuencia –razón por la que se suelen castigar a penas distintas a los participantes según su grado de implicación en el delito-. De hecho, sería más preciso decir que en un juzgado ni siquiera se juzgan individuos, sino hechos cometidos por individuos, pero no ricemos el rizo. ¿Qué sucede con la asimetría penal? 

Pongamos un ejemplo en el que una mujer agrede a su pareja por un ataque de celos y se le castiga a un año de cárcel. Por el mismo delito –e idénticas consecuencias- a un hombre se le impone una condena de dos años. Al victimario masculino se le está condenando a un año por el delito y a otro por pertenecer al “grupo” de los hombres. Es decir, se le está juzgando y condenando por lo que otros hombres han hecho sobre otras mujeres. 

Es por ello que en los juzgados de género no se juzgan hechos. Ni siquiera se juzgan personas. Se juzgan a un grupo humano que ni siquiera es tal. Se juzgan prejuicios y axiomas. Los juzgados de género se convierten en la perversión de la misma justicia y sus más elementales principios.






martes, 13 de septiembre de 2016

Las novias de



Tania Sánchez y Rita Maestre



Recientemente, dos políticas de Podemos, Tania Sánchez y Rita Maestre, enviaban un comunicado en el que expresaban su indignación con los medios, que frecuentemente se dirigen a ellas por “las novias de” o “las exnovias de” haciendo referencia a la relación que mantienen o mantuvieron con dos mediáticos políticos (Pablo Iglesias e Íñigo Errejón). No emplean la palabra “machismo” pero hacen una obvia referencia a ella en el contenido del comunicado. “Se ha acabado el monopolio político masculino” y “la política no es el cortijo de los hombres”. 

Por un lado, ¿es una actitud realmente machista la de los medios que se refieren a ellas como las “novias de”, o se ha vuelto a emplear la palabra “machista” de nuevo a la ligera para conseguir rédito político? En primer lugar veamos el tratamiento mediático de otras mujeres de la política de nuestro país; 

Rosa Díez (UPyD), a la que ningún medio se ha referido jamás como “la mujer de Iñaki Fernández de Ochoa”. Susana Díaz (PSOE Andalucía) no es “la mujer de José María Moriche”. Ningún medio se ha referido a Teresa Rodríguez (Podemos Andalucía) como “la novia de”. Tampoco Manuela Carmena es mujer de Eduardo Leira para los medios. Lo mismo podemos decir de Cristina Cifuentes, Carolina Bescansa, Soraya Sáez de Santamaría, Ada Colau, Rita Barberá, María Dolores de Cospedal o Esperanza Aguirre. De hecho, prácticamente se podría decir que, en realidad, ellas dos son las únicas mujeres de la política española a la que los medios se refieren como “novias de”. 

La primera conclusión parece obvia; de algo que les afecta casi exclusivamente a ellas sacan una generalización (nos pasa a todas las políticas, o más aún, a todas las mujeres). Una alegoría perfecta de lo que se ha convertido el feminismo cuando el colectivismo lo engulló. “Si nos pasa algo (individualmente) es porque pertenecemos al “colectivo” de las mujeres, indudablemente”. En ningún caso puede ser porque se trate de Rita Maestre o Tania Sánchez. Esa idea está descartada. Es por ser mujeres. 

¿Por qué a cualquiera de las citadas no se las menciona como “novias de” y sí a Rita Maestre y Tania Sánchez? En primer lugar, ¿quiénes son Rita Maestre y Tania Sánchez? ¿Cuáles son sus logros, sus méritos políticos, sus hazañas personales o profesionales como para que la gente tenga que reconocerlas en una noticia por sí mismas? ¿Qué interés mediático suscitan? Mediáticamente son un cero a la izquierda. Y esa indiferencia que provocan en los espectadores no se debe a su condición de mujer (pues cualquiera de las mujeres que menciono en el tercer párrafo sí suscitan interés mediáticos). Son, simplemente, anodinas. 

Tania Sánchez inició su andadura político asesorando al grupo municipal de Izquierda Unida en Rivas-Vaciamadrid (una ciudad de poco más de 80.000 habitantes). Su relevancia política era comparable a la de los miles de asesores, concejales, cabildos o funcionarios públicos de este país. No fue hasta que conoció a Pablo Iglesias, y de su mano abandonó Izquierda Unida y se unió a Podemos, pese a jurar y perjurar que no lo haría, cuando obtuvo esa relevancia mediática. ¿Y Rita Maestre? Su único mérito mediático fue escrachear una capilla de universidad. 

Así que sí, Tania y Rita. Sois “novias de” porque no habéis hecho absolutamente nada para merecer el reconocimiento de los ciudadanos, a diferencia de muchas otras políticas.





martes, 6 de septiembre de 2016

¿Juego de Tronos es machista?



Titular del artículo de Raquel Pereira



Un artículo de Raquel Pereira Malagón, en El País, denunciaba el presunto machismo de la exitosa serie de la HBO Juego de Tronos. Las razones para adjudicarle ese calificativo –que el feminismo se ha encargado de devaluar hasta el punto de que ya no significa nada- son absolutamente esperpénticas. Ya en el título encontramos el primer error de base. El falso feminismo que esconde “Juego de Tronos”. Como si la serie tuviese la obligación de ser feminista. Como si todas las series tuvieran que tener un mensaje feminista, o regirse por el inflexible dogma de la perspectiva de género. Algo aún más ridículo si hablamos de una serie inspirada en nuestra Edad Media. No, Raquel Pereira, las series no tienen por qué ser feministas, pero es difícil hacer entender algo tan sencillo a quien tiene una mente totalitarista, y quiere imponer su visión ideológica y política en todas las facetas de nuestra existencia. 

Según la articulista, el personaje de Daenerys –Emilia Clarke- es machista, en tanto que, pese a que es una reina con un poderoso ejército y una gran ambición de conquista… está rodeada de hombres. Sus soldados, sus consejeros… Todos hombres –cosa que, además, es falso, pues su principal y más afecta consejera es Missandei-. Supongo que para ella habría sido más creíble una sociedad de amazonas en la que sólo las mujeres, o principalmente ellas, gobernaran Meereen. Que sea la Madre de Dragones también es machismo, ya que asocia su poder con la maternidad –qué machista es eso de la maternidad, ¿verdad?-. No importa que sea un título simbólico –obviamente no ha parido a sus dragones-. Quizás podrían haber sustituido el título de Madre de Dragones por Ama de Dragones o Poseedora de Dragones, pero eso tal vez habría hecho enfadar a los animalistas…






En el mismo artículo asegura que la masacre conocida como “la boda roja” –y, con ella, la derrota de la guerra que dirigía Robb- fue culpa de la debilidad femenina de su madre Catelyn Stark, que antepone la vida de sus hijas a la victoria. Este párrafo evidencia que, o bien la articulista no se ha visto la serie o ha mentido deliberadamente para dar sustancia a su prejuicioso y tendencioso análisis de la serie según la ortodoxia feminista. Sobre todo teniendo en cuenta que el verdadero motivo de la masacre de la boda roja fue por culpa del propio Robb, quien se casó con una mujer distinta de su prometida –agarraos los machos- desoyendo la opinión de Catelyn. El padre de la rechazada –Walder Frey- es quien lleva a cabo la masacre. Es decir, Robb pierde la guerra por su propia debilidad, y no por la de su madre, que en todo momento se representa como una mujer fuerte, inteligente y juiciosa. 

La articulista rompe todas las barreras de la absurdez cuando critica que el personaje Arya Stark sea continuamente rescatada por Siro, Jaqen o el Perro en lugar de salvarse a sí misma a base de mandobles y estocadas… a sus tiernos doce años. Porque sí, supongo que quedaría mucho más feminista –y patético- que una mocosa de doce años y cuarenta kilos de peso se enfrente a una torre como Sandor Clegane, de 1,95 y cien kilos, y lo derrote de un espadazo. 



Arya Stark


Critica también que la mujer sea castigada por el hecho de serlo. Alude a las escenas de guerra donde los soldados se reparten a las mujeres entre el botín obtenido en la batalla. Resulta particularmente curioso que se queje precisamente de que el autor visibilice violaciones de mujeres en guerras. Esto demuestra que de lo que se trata es de hacer cabriolas “intelectuales” para quejarse de machismo. Estoy plenamente convencido de que si el autor no mostrara este tipo de crímenes de guerra se quejaría por mostrar una visión irreal y edulcorada de los conflictos, invisibilizando el sufrimiento histórico de la mujer. Es decir, nos quejamos de esto por ser esto, y de lo contrario por ser lo contrario. 

Para concluir, asegura que cuando un personaje femenino demuestra inteligencia, firmeza o ambición, pasa a convertirse en una manipuladora como Cersei o Melissandre. Porque en Juego de Tronos no hay hombres manipuladores e intrigantes (Petyr Baelish o Varis, por ejemplo). La conclusión que podemos sacar es que hay que poner la carreta antes que el caballo. Decimos que Juego de Tronos es machista y luego ya buscamos las pruebas que lo confirmen… o nos la inventamos.






martes, 30 de agosto de 2016

La culpa es siempre de Occidente






Os pongo en antecedentes. Antonio Maestre contaba en Twitter una historia (real o alegórica) sobre una chica musulmana a la que prohibían usar velo en un centro de enseñanza. Esta chica les trataba de explicar que si no le permitían usar el velo su padre le impediría seguir asistiendo a clases y, mucho peor, la enviaría a su Marruecos natal donde sería casada en contra de su voluntad. Es decir, la susodicha no se quejaba de la prohibición del velo en sí, sino de las nefastas consecuencias que ésta le acarrearía en su entorno cercano. 

Maestre se explicó arguyendo que no se posicionaba a favor del velo, e incluso me admitió que existía una evidente coacción por parte del entorno de la niña (su padre, en este caso que nos ocupa) para que lo llevase. No obstante lo calificó como “prenda emancipadora” y la única esperanza que tenía de ser una mujer libre en el futuro, y que las autoritarias instituciones españolas se lo estaban cortando por sus “irracionales imposiciones”. 

Imaginemos la situación en un escenario diferente. Un hombre no permite a su mujer que lleve faldas por encima de la rodilla. De hacerlo, le obligará a que abandone el trabajo y se quede en casa. La mujer debe decidir entonces entre llevar faldas largas o pantalones o dejar de trabajar en contra de su voluntad. La mujer opta por llevar la ropa que le impone su marido porque quiere seguir trabajando, sin embargo, en su trabajo debe llevar un uniforme que consiste en una falda por encima de la rodilla. A ella no le importa llevar esa prenda, pero si lo hace teme las consecuencias en su casa. ¿Cómo opinaría una persona razonable ante este supuesto? 

Evidentemente estaríamos ante un caso de malos tratos en los que un hombre machista y posesivo coacciona a su mujer. Pero en el supuesto de Antonio Maestre la coacción del entorno de la chica pasa a un segundo plano y se traslada la responsabilidad a las autoridades, a las que pinta como insensibles ante el futuro de la muchacha, sólo preocupados por imponer la prohibición del velo sin importarles las consecuencias. 

Llegado a este punto, ¿qué habría hecho yo? En primer lugar, reconocer a la chica como víctima de una coacción grave por parte de su padre (cosa que el propio Maestre admite). Hacerle saber al padre que el matrimonio forzado es un delito grave, tipificado en nuestro código penal –el del país en el que vive y que está obligado a respetar y obedecer por encima de sus opiniones religiosas o culturales-, y que amenazar con ello a otra persona –sea su hija o cualquier otra- es perfectamente punible. Dicho esto, si el padre decidiera enviar a su hija a Marruecos y casarla contra su voluntad, debería ser enviado a prisión– yo apoyaría la retirada inmediata de la nacionalidad española, de tenerla, y valoraría su deportación si persistiera en su actitud-. Y si prohibiera a su hija a asistir a clase, más de lo mismo. 

Es decir, tenemos el caso de un padre que impone su voluntad hasta el punto de enviar a su hija a Marruecos y entregarla a un matrimonio forzado si no la obedece. Un hombre que no entiende que no puede obligar a nadie –ese nadie incluye a su propia descendencia- por razones de fe o de cualquier otra índole –creo que aquí estaría justificado el llamarlo fanático-. Pero la culpa es de las instituciones. ¿Qué deberíamos hacer, según Maestre? ¿Plegarnos ante las demandas de un fanático religioso que amenaza a su hija con la deportación y el matrimonio forzado? ¿Aceptar las condiciones del chantajista? ¿O protegemos a la niña, incluso alejándola del padre si es necesario? 

Juzguen ustedes mismos. Valoren lo que han leído y opinen sobre las prioridades de esa izquierda buenista, políticamente correcta, tolerante con la intolerancia -o, como poco, indolente-, que tiene como enemigo las instituciones de su país incluso por encima de maltratadores, chantajistas y fanáticos. La culpa siempre de Europa, de nuestros valores, de nuestra cultura.





lunes, 22 de agosto de 2016

La traición del neofeminismo




1953. Marilyn Monroe en portada del PlayBoy



Hubo un tiempo en que en Occidente se consideraba pernicioso la exposición de la piel femenina a los ojos de los hombres. Toda mujer que se preciara de ser decente y honrada debía tener bien oculta sus formas y proporciones. En Estados Unidos, cuna del puritanismo –y también del feminismo de la mal llamada Primera Ola- había señores que recorrían las playas con una cinta métrica para medir el traje de baño de las mujeres para comprobar que se ajustaba a la legalidad. 






De repente, la diseñadora Mary Quant transgrede todas las normas al inventar una prenda revolucionaria; la minifalda. Sus primeras usuarias tuvieron que soportar que se las juzgara con implacabilidad por aquella transgresión de las normal morales que coartaban su libertad. Una mujer que enseñaba su cuerpo era una casquivana, indecente, provocadora, que en muchos casos solía acabar encontrando un final trágico en una cuneta porque, sin duda, se lo había buscado. 






Entonces, Bridget Bardot deslumbró en 1953 las playas de Cannes con un diminuto bikini –para la época- y Rita Hayworth y Ava Gardner la imitaron. La revista Playboy –censurada por el feminismo actual por pertenecer a esa malvada industria que cosifica y sexualiza a la mujer- también contribuyó decisivamente en la normalización de este traje de baño, que ahora usa la amplia mayoría de las mujeres occidentales. 






Oriente Medio también tuvo su cruzada contra las restricciones de vestimenta, aunque la mentalidad fundamentalista de sus pobladores llevó al fanático sector de la moral a ganar aquella “guerra del puritanismo”. Las mujeres iraníes y afganas de los sesenta lucían las mismas minifaldas que las sofisticadas chicas francesas. Luego llegaron los Jomeini, los talibanes, los rígidos observadores de la fe para cubrir con sus hiyab, niqab, chador y burkas a las mujeres. 






¿Y cuál es la reacción del feminismo y la progresía? Defender a ultranza el uso del velo como símbolo de libertad de la mujer para “elegir”, animando incluso a las mujeres occidentales –como hizo ElDiario.es- a bañarse en “burkini” para luchar contra las “reacciones islamófobas” del etnocentrismo europeo. Mujeres españolas conversas, como Laure Quiroga o Amanda Figueras, se ponen el velo y proclaman un “feminismo islamista” o “femislamismo”. Y ese mismo feminismo que asegura que el uso del velo es por completo voluntario dice que el uso de tacones y minifaldas son imposiciones de esa terrible cultura europea. 

Una de las reacciones del neofeminismo imperante ante la cuestión de la prohibición del velo es que obligar a la mujer a mostrar su cuerpo es tan malo y liberticida como obligar a ocultarlo. Una falacia del hombre de paja de manual, pues prohibir el velo no tiene nada que ver con obligar a una mujer a llevar faldas cortas, escotes o vestidos ceñidos. En Occidente, la moda es amplia y toda mujer tiene a su disposición un amplio abanico de posibilidades. Hay mujeres que tapan su cuerpo con camisas de mangas largas de corte masculino que esconden sus formas, o pantalones de tejidos vaporosos que no se ciñen a sus caderas, y nadie cree que sean prendas “opresoras”. La cuestión no es que una mujer decida tapar su cuerpo, sino la razón por la que lo hace. 







¿Cuál es el significado del hiyab? Según la Wikipedia; 

El hiyab (pronunciado usualmente “jiyab”, en árabe: حجاب) es un velo que cubre la cabeza y el pecho, que suelen usarlo las mujeres musulmanas desde la edad de la pubertad, en presencia de varones adultos que no sean de su familia inmediata, como forma de atuendo modesto. […] El Corán advierte a las mujeres musulmanas a vestir modestamente y cubrir sus pechos y genitales. La mayoría de los sistemas jurídicos islámicos definen este tipo de vestimenta modesta como que cubra todo, excepto la cara y las manos en público. […]




El hiyab es visto por ciertos sectores feministas y progres como una prenda escogida voluntariamente por quienes la llevan, sin ningún tipo de presión social de sus respectivas comunidades, sin significación religiosa o ideológica alguna. Algo así como una simple moda o complemento. Ignoran (o quieren ignorar) el significado profundo (y misógino) de esta prenda, que sirve como prueba de modestia y decencia. Es decir, para las comunidades que la usan, el valor de una mujer depende de un trapo de lino o seda. 

Cuando la izquierda y la progresía defienden el uso del velo –o la cuestionable libertad de elección de quienes lo usan- el neofeminismo, en lugar de alienarse con la mujer, se volvió a aliar con los otros. No es la primera traición del neofeminismo hacia la mujer. Tampoco será la última. Hoy, el neofeminismo es Bruto empuñando la daga, Europa es el teatro de Pompeyo, y la mujer vuelve a encarnar el papel de un Julio César apuñalado por la espalda que se gira y dice, con voz quebrada; ¿tú también, hija mía?






lunes, 15 de agosto de 2016

El liberalismo construyó el feminismo y el socialismo lo destruyó





Emma Goldman



Reconozco que es difícil imaginar un feminismo separado de la izquierda o, más aún, opuesto a ella, pero la realidad es que así fue en sus orígenes. El feminismo nació, fundamentalmente, para la consecución de ciertos derechos que les eran negados a la mujer, siendo el principal el derecho a voto. El sufragismo –considerado como la Primera Ola del Feminismo- nace formalmente en la Convención de Seneca Falls, si bien antes ya existían ciertas reivindicaciones con respecto al sufragio femenino. Dicha convención tuvo lugar en Estados Unidos, así como el nacimiento y explosión del movimiento sufragista. Es decir, el feminismo nació en uno de los pocos países del mundo donde nunca ha existido una verdadera izquierda

Emma Goldman, pionera en la lucha por la emancipación femenina y, sin duda, una de las primeras y más importantes sufragistas, militaba en el partido libertario. Entre 1920 y 1922 vivió en la Unión Soviética e, incluso, apoyó a los bolcheviques en la Revolución de Octubre, pero pronto emigró a Canadá y escribió vehementes artículos donde criticaba la represión política, la burocracia leninista y los trabajos forzosos. El título de su escrito fue elocuente; Mi desilusión con Rusia

En España, Clara Campoamor, la mujer que consiguió el voto femenino, era una reconocida liberal, que decía estar alejada del socialismo como lo estaba del fascismo. La posición de los socialistas de entonces con respecto al sufragio femenino no era amigable, precisamente. Victoria Kent votó en contra del derecho al voto de la mujer –y el desmemoriado feminismo actual ha puesto su nombre a más de tres asociaciones de mujeres-. También se opusieron importantes líderes como Margarita Nelken, Roberto Novoa o Indalecio Prieto. Resulta, cuanto menos significativo, que en las primeras elecciones con sufragio universal en este país –celebradas en 1933- dieron la victoria a la derecha. Entre los socialistas de entonces se tenía la noción de que el feminismo era un movimiento burgués que buscaba la división del proletariado para beneficio de los poderosos. 

No es hasta la tardía fecha de 1967 cuando nace el feminismo radical –de la mano de Kate Millet, Shulamith Firestone, Andrea Dworkin y otras- cuando el feminismo da el giro hacia la izquierda. La teoría marxista de clases es adaptada al feminismo, naciendo la perspectiva de género que criminalizará a todo el género masculino alienándolo a una clase de opresores. El enemigo ya no son las instituciones estatales –ahora el feminismo forma parte de ellas- sino todos los hombres, a los que se consideran soldados del patriarcado. 

Y Kate Millet acuña una de las frases más terribles asociada a este nuevo femi-marxismo; lo personal es político. Con esta frase nos querían decir que lo privado no existía, y ya no sólo en el aspecto material (propiedad privada) sino que la misma intimidad familiar y conyugal era una esfera política, lo cual legitimaba al feminismo (y al Estado) a entrar en la vida de cada ciudadano, hasta invadir nuestra propia alcoba.